Boletín de la Biblioteca Nacional N° 59 60
i24 Biblioteca hollada por quienes no debieron nunca entrar en ella. Si había que cas· tigar al Perú había que humillarlo con la liquidación de su propia Biblioteca. Pasados los años adversos, se alienta la obra de la restauración. Empresa difícil por carencia de medios, en plena crisis de recursos. Lentamente un bibliotecario mendígo reconstruye los fondos de libros. Se recompone la biblioteca agónica mientras el país supera sus quebrantos. Adviene un nuevo siglo preñado de opti- mismo en el progreso y la Biblioteca crece y tiende a hacerse más peruana y más universal. En el país se hacen obras materiales pero sin planes y sin técnica. La cultura no deja de ser una cenicienta postergada y la Biblioteca sigue sufriendo por el abandono y la despreocupación. Voces que claman por ella resuenan en el desierto. Una noche aciaga el fuego se hace presente y reduce su contenido de libros y manuscritos a cenizas. Esta tremenda desgracia pareció también una iran advertencia al país, y lo fue sin duda pues a veces el fuego es purificador. Una nuevá generación de peruanos y una legión de americanos reaccionaron para le· vantarla de sus cenizas. En 25 años de trabajo ha renacido pero esta vez al compás de los tiempos, es decir, con organización técnica, con planes. Se pone al nivel de un nuevo Perú que libre de ataduras de dominación, aspira a cumplir su destino. No son ahora sordos los oídos administrativos que atienden sus demandas y sa· tisfacen sus necesidades. Como institución la Biblioteca Nacional es conciente de sus deberes en la hora crucial de grandes realizaciones que vivimos los peruanos. Creo que estábamos en lo cierto al afirmar que la vida de la Patria y de su Biblioteca Nacional son -como las de Plutarco- dos vidas paralelas. Decía también que aquí se había elaborado la historia peruana y lo podemos confirmar si pensamos en el proceso de la historiografía desde la época del Padre Bernabé Cobo, del Padre José de Arriaga, del P. José de Acosta y luego de las luminarias de la cultura en el siglo XVIII como Peralta y Barnuevo, como Olavide, como José Eusebio de Llano Zapata y como los hombres del Mercurio Peruano, pues todos ellos tomaron su información, su cultura y desarrollaron su ingenio a la sombra de este recinto de la Biblioteca de San Pablo. A partir de la Independencia han salido de ellas o han llegado a las aulas de esta casa los forjadores de la historia, los que la hicieron y los que la escribieron desde su primer director el prebendado don Mariano José de Arce hasta el otro clérigo, ejemplo de tolerancia y amplitud de ideas como Arce, que fue don Francisco de Paula González Vigil; desde don Manuel de Odriozola autor tal vez del mayor esfuerzo de recopilación docu- mental, que hace recordar el que ahora realiza la Comisión Nacional del Sesqui- centenario, hasta don Ricardo Palma que dejó huella historicista y auspició publi- caciones beneméritas. No fueron ajenos tampoco los creadores no eruditos, que dieron contenido para el trabajo de los historiadores y los exégetas, tales como Manuel González Prada. En los últimos 50 años han encontrado refugio en esta casa del saber todos los que en una u oti:;a forma han ofrecido el fruto de su dedicación a la historia del país, cuyos nombres por sabido de todas las personalidades concurrentes al V Congreso Internacional de Historia de América no necesitarían ser enumerados en esta oportunidad. Aquí nutrieron en sus comienzos juveniles y hasta los años maduros su eru- dición bibliográfica y su amor por la historia, Mariano Felipe Paz Soldán, Manuel de Mendiburu, José Toribio Polo, Luis Ulloa, Carlos A. Romero, José de la Riva Agüero, el Padre Rubén Vargas Ugarte y cuantos después se han dedicado a los me- nesteres de la reconstrucción de nuestro pasado.
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