Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56
7 sus cañones, rehusando hallar su salvación en una fuga a que todo ya lo autoriza– ba. ¡Y acababa de cumplir 22 años! Fuertemente impresionada con esta desgra– cia, su hermana Susana, que le idolatraba, desarrolló en ella el espíritu ascético, que en gérmen tenaz existía en ella desde la muerte de su madre, y tras porfiada lucha consigo misma, entre la voz misteriosa que la llamaba al claustro y los im– pulsos de su corazón que hacia sus hermanas la atraían, decidióse al fin a seguir su vocación y tomó el velo de novicia del Sagrado Corazón ellO de Junio último, dejando en mi hogar un vacío tan ancho como el dejado por Hernando. Después de la ruina de mi país, de la muerte de mi hijo, de la separación de mi hija, ¿po– dré llamar desgracias la reducción de mi fortuna a una sexta o séptima parte de lo que antes era, ya por la decadencia general del país, ya por ... ? N o ciertamen. te. No puede darse igual nombre a la pérdida de la Patria y de los hijos y a la de un puñado más o menos grande de metal. Pero si puedo y debo llamar tal la del verme hoy separado de mis hijas, de las que la falta de su madre y de su her– mana me constituían a la vez en madre y padre, dejándolas abandonadas a to– dos los azares de una suerte que nadie puede prever. Nada me era en otros tiempos dejarlas, cuando a falta de su madre tenían una hermana que con abne– gación singular la reemplazaba, cuando una renta segura y no escasa les asegura– ba la holgura, sino el lujo; cuando el Gobierno a quien yo representaba era su natural protector; pero, ¡hoy! Felizmente consérvame Dios un hijo - el UNICO (1) hombre que me queda-, al que con misericordiosa previsión dotó de todas las cualidades de inteligencia, de corazón y de carácter que requiere para ser bien llevada la carga que en sus designios inexcrutables teníale preparada. Sin él, ¡qué sería de mí! ¡Qué de sus hermanas! Pero, basta. ¿A qué conmover tu cora– zón sensible con la narración de mis penas, ni afligir el mío con su recuerdo? Hablemos de otra cosa. Me recuerdas el primer día de mi misión en Chile en 1879, y a este propósito te diré que durante el encierro a que el luto por mi Patria y por mi hijo me condenó desde mi regreso de Europa en Marzo de 1881, me dediqué a escribir la historia de dicha misión, no con ánimo de publicarla ahora ni en breve, sino cuando el tiempo en su curso haya hecho pasar al dominio de la his– toria lo que es hoy del de la actualidad. Quizás no en mis días; tal vez, nunca. No ahora mismo, porque mis apreciaciones sobre ciertos hombres, dictadas por la más fría imparcialidad, pudieran estimarse inspiradas por el temor o sugeri– das por la adulación; no en breve, porque juzgando actos de otros, que me fue– ron muy caros, no quiero que se den batalla sobre sus tumbas las pasiones polí– ticas; no quizás en mis días, porque no deseando ya mas que paz en mi hogar, no quiero atraer la atención sobre mí; talvez nunca, porque, ¡quién puede prever lo que sucederá después de sus días! Pues bien, este trabajo, hecho para la pos– teridad, y que quizás, como la famosa epístola de J. B. Rousseau, N'ARRIVERA PAS A SON ADRESSE (1), escrito como en su prólogo digo, con la fría impar– cialidad de ultratumba, que NADIE (1) ha leído y del que sólo leí unas páginas a un joven brasilero Prado, que tú conociste, parece que por indiscreción de éste tal vez, ha dado margen a ciertas suposiciones malévolas. Me dijeron en Lima que un diario de este país había dicho que yo había escrito BIOGRAFIAS (1) de algunos ~sonajes chilenos: Sarratea, en Valparaíso, me dijo que le habían dicho que yo había PUBL/CADO (1) (como si en Lima pudiera publicar. se tal cosa), un folleto sobre la guerra, que había encargado a Pinto, el que difi. (1) Subrayado en el original.
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