Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56
6 Repito mis saludos al señor Montt. Póngame a los pies de Luz; dé V. un estrechísimo, afectuosísimo y cariñosísimo abrazo a Juan Herrera, que ha dejado en nuestra sociedad un vacío que no se llenará; dé V. un apretón de manos a Silva, Vergara y Rodríguez y cuente V. en todas partes y en todas épocas con el afecto sincero y profunda amistad que desde (¡quien lo creyera!) hacen 14 años le profesa su amigo affmo. l.A. de LAVALLE Hotel Peralta Talca, a 6 de Noviembre de 1882 Señor Don Ambrosio Montt Santiago Mi querido Ambrosio: Aunque nunca he podido dudar de tu canno y de tu amistad, y aunque cierto estaba de que tu semblante sería el primero que me sonriese, tu mano la primera que estrechase la mía y tu palabra la primera que hiriese mis oídos con afectuosa entonación, al poner por cuarta vez el pie en esta tierra ca. mo enemigo y prisionero, yo, que tantas otras la he pisado casi como propia, sin embargo, no puedes inmaginarte cuanto placer tuve ayer al recibir bajo cubierta de Robinet tu afectuosa carta del 3, que me trae escrita esa sonrisa, esa empu– ñada, esa palabra que las circunstancias no han permitido recibir directamente. Gracias, mil veces, mi querido Ambrosio. Juzgasme bien y se ve que a fondo me conoces cuando supo– nes que no doblarán mi espíritu ni postrarán mi corazón los rigores de la fortu– na. Sereno el uno y levantado el otro, recibo hoy sus desdenes como antes re– cibí sus favores, y con la conciencia de haber procurado siempre cumplir con mi deber, así en la vasta esfera de la vida pública como en el recinto estrecho del hogar; cierto de que si he errado alguna vez en una condición o en otra, habrá si– do por flaqueza del entendimiento y no por perversión de la voluntad. Veo con estoica o más bien cristiana calma desarrollarse la cadena de mis desgracias y recibo con la misma los repetidos golpes que una suerte airada descarga sobre mí desde hace algún tiempo, como para vengarse de las caricias de que fue antes pródiga para conmigo; yeso que no sé si saber bien, carísimo Ambrosio, hasta donde ha llegado la dureza de mi destino desde que por última vez nos vimos. En la inmensa catástrofe en que sucumbió mi Patria -tanto más ardientemente amada cuanto más desgraciada la contemplo-, desapareció también mi hijo Hernando, víctima de una percepción del deber tan delicada y exquisita que creyó que era el suyo dejar la tranquila posición que a mi lado te– nía, en Río laneiro, para volver al Perú a morir por él, cuando los desastres del Sur y el desconcierto del Gobierno de Prado y Lapuerta no nos podían alucinar ni Cal? la más tenue visión del éxito. Como soldado y como caballero, cayó sobre
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