Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56
59 rincones, sus montañas gigantescas, la selva bravía, los desiertos desolados y tam– bién para desentrañar la psicología de los grandes forjadores de la historia peruana: Unánue, Bolívar, San Martín, La Mar y luego Morales Duárez, Castilla, los Paz Soldán, Cáceres y tantos más hasta nuestros días. Otras veces se desliza en la leyenda, en el relato popular y trascribe con tra– vieso interés las expresiones de la magia y el mito popular, solazándosc con el relato de apariciones, supersticiones, costumbres esotéricas, hechos extraños o so– brenaturales, historias de brujos e íncubos, tesoros ocultos, como si oyera en el fondo de su ancestro, ese vibrar del alma americana afirmada a sus mitos y ele– mentos mágicos. La historia -y l;a evocación romántica de las épocas pasadas- ha servido también a Alayza para recrearlas imaginariamente y así ha resultado autor de varias narraciones históricoliterarias o novelas históricas: La capa roja (Lima, 1946) y La higuera de Pizarra (Lima, 1953) y sobre todo La Breña, en tres volúmenes, que constituye la epopeya de la resistencia contra el invasor -en que USó docu– mentación de primera mano- y que tal vez sea su obra más estructurada y más perdurable, escrita con fervoroso amOr por el país, con admiración a sus héroes desconocidos o anónimos, con irrestricto reconocimiento al forjador de esa empre– sa de sacrificio y de genio militar: Andrés Avelino Cáceres. Es así como durante las décadas del 30, del 40 y del 50, ha desarrollado Alay– za una de las más fecundas hazañas intelectuales hechas en el Perú, o sea la publicación de casi un libro por año en 5 lustros de intensa actividad intelectual. Para ello hubo de desligarse de puestos públicos y de obligaciones profesionales. Se apartó de compromisos oficiales y cerró su próspero estudio de abogado y, en primera y generosa actitud, renuncia a la posibilidad de obtener rentas que le hubieran producido cómoda situación, y se entrega de lleno al estudio. Pero a esta tarea de investigador no lo inducía un interés egoísta de procurarse un pla– cer intelectual propio de hombre cultivado, sino que se impuso voluntariamente esa tarea pensando siempre en la ofrenda que daría a las nuevas generaciones. El estudio de la historia o de geografía del país no ha sido en él un simple placer de erudito, sino una obligación de ofrecer un mensaje de peruanidad a las gene– raciones presentes y futuras y una enseñanza de cómo debe amarse a la tierra en que nos ha tocado la fortuna de nacer. Mi país constituye una de esas obras que han iniciado en nuestro siglo XX, la meditación sohre el Perú, sus hombres y sus problemas. Es una literatura de reflexión sobre el Perú que habían iniciado algunos extranjeros como Raymondi, Middendorf y Squier en el siglo anterior. Sólo Eugenio Larrabure y Unánue, Ma– nuel Pardo y Santiago Távara entre los peruanos del XIX, con sus restrictas mo– nografías dedicadas a aspectos muy limitados, hicieron algunos esfuerzos al res– pecto, pero sólo para algunas zonas muy limitadas del Perú. No estaba en su mente el Perú total. Pero en el siglo XX escritores como Riva Agüero, como Víctor Andrés Be– laúnde, como José Carlos Mariátegui, como Jorge Basadre, como Francisco Gar– cía Calderón, como Aurelio Miró Quesada, y como Luis Alayza entre otros, vuelcan la reflexión sobre nuestro ser y nuestro existir, sobre lo que somos y significamos como peruanos, sobre los problemas que confronta el país. Lector y cultor de la historia, Alayza ha sabido captar desde sus años mozos -cuando todavía no escribía obras de historia- el realismo de los humanistas renacentistas, la erudicción documentalista de los historiadores del siglo XVII, el sentido racional de "los filósofos" del siglo XVIII, la exaltación del pasado en los románticos del siglo XIX.
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