Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56

58 y augusto padre de la condecoración que le otorga el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada a nombre del pueblo peruano por la donación que ha hecho de tan valiosa biblioteca a la Nación y recibir la presea que le ha conferido el go– bierno por sus méritos y su dedicación de hija que hoy guarda tan ¡xeciado teso– ro que es la vida de su ilustre padre. DISCURSO DEL DIRECTOR DE LA BIBLIOTECA NACIONAL, DR. ESTUARDO NUÑEZ Una mirada a la extensa bibliografía de Luis Alayza y Paz Soldán, nos permi– te apreciar que no fue un escritor precoz. Sus poesías de adolescencia las publica bajo el título La sed eterna en 1911, a los 28 años. Es la época en que ha corona· do sus estudios de derecho, de los cuales es una muestra su tesis para graduarse de abogado: El delito pasional, también publicada en 1911. Pero desde entonces se abre una brecha hasta 1931 - o sea casi un cuarto de siglo - en que Alayza no publica nada: son los años de madurez que él convirtió en años de preparación, de lectura y meditaciones, antes de lanzarse a la carrera de publicista, de histo· riador y de intérprete de los anhelos del país, de viajero y de creador de narra· ciones. En aquellos años alternó la función pública, el ejercicio de la abogacía y los estudios económicos, de lo cual es una muestra notable la monografía jurí– dico-económica: La cláusula de la nación más favorecida de 1938. Pero, ello no era óbice para que dedicara sus horas de ocio y aún las de descanso al placer de la lectura de obras de historia y de viajes que fueron sus preferidas. A todo eso agregaba su conocimiento directo y la recepción de impre– siones de hombres del pasado peruano que aún vivían, como Cáceres y otros de no escasa importancia con quienes solía conversar, anotando su testimonio oral. Estos encuentros fueron los más diversos, sobre todo en viajes que hizo desde joven a diversas zonas del Perú y países del extranjero. Así acumulaba un caudal de experiencias culturales que habrían de aflorar más tarde, pues entonces no vislumbraba aún su futuro de escritor y de inves– tigador de la historia peruana. En 1931, Alayza publica Daw El-Kamar un relato novelesco urdido dentro un diario de viaje cierto. La génesis de esta obra obedeció al deseo de perpetuar en el papel algunas impresiones de viajero por Europa y Oriente -recordando tal vez otra empresa similar de un antepasado suyo, Pedro Paz Soldán y Unánue, Juan de Arana. Lo animó en ese propósito José María Eguren, gran poeta y artista, amigo dilecto de quien recibe el estímulo intelectual y quien lo induce a coleccionar esas notas de viaje para formar un volumen. Así resultó el primer libro de su nueva etapa de creador, cuando ya parecía que los arrestos de escritor habían concluído, como concluyen en el Perú tantas vocaciones tempranas o frustradas. Así surge -bordeando ya los SO años de edad- un escritor brioso, Beno de fe y entusiasmo que se sumerge inteligentemente en las investigaciones históricas y nos ofrece sus libros, Unánue, San Martín y Bolívar (Imp. Gil, 1934), José de La Mar (Imp. Gil, 1942) Y uno a uno, entre otras publicaciones, los diez volúmenes de su obra monumental Mi País, en que va recogiendo las meditaciones históri– cas, geográficas, sociológicas que le sugieren continuos viajes por el país natal bienamado, de norte a sur, de sur a norte, de este a oeste, diagonal o transversal· mente, recorridos que han sido su pasión desde los años mozos y que lo siguen siendo en sus años de hombre maduro, siempre ágil, entusiasta, vital e incansable en el desplazamiento físico y en la actividad mental. Pocos hombres más inquie– tos y lúcidos que Alayza para descubrirnos los secretos del país, sus escondidos

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