Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56

4 han de leerse con unclOn, como si se nos dieran en el momento sagrado de una presencia superior a la de la mediocridad humana. Algunas san como una ora– ción. Cuando su vida se desliza suavemente, como la de quienquiera que cru– za sin altibajos la senda que todos caminamos, las ideas y los sentimientos ex– plosionan en ellas con la fuerza de una felicidad trashumante, Con la alegría de quien se mueve en dehesas siempre jóvenes y plenas. Cuando la tragedia le en– vuelve y quiere sepultarle en sus rencores, como hace con los débiles, la euca– rística y serena grandeza de su dolor le eleva por sobre las pasiones y miserias y le coloca en la postura que cabe a un patriota auténtico, a un ciudadano ejem– plar que afronta con realismo y juiciosidad la tremenda prueba. Así, estas car– tas son también una lección. Está en ellas el erudito, que, sin esfuerzo, saca a la luz, con llaneza, la engo– lada parentela de una dama, haciendo simpática y cautivante la cita. Está el tradicionista, que ama idolátricamente el pasado, sus formas, su no hacer, la sen– cillez de una vida sin las complicaciones del progreso y la grandeza de una vi– sión que sabe sólo un miraje. Están todavía, además del poeta, el historiador y el sociólogo que analizan la realidad y obtienen conclusiones válidas y justas, plasmadas con garbo y belleza singulares. El ilustre peruano de que hablamos pasa luego, muy rápido, en nueve car– tas que nos dejan disfrutando el sabor de una autoridad del idioma. Muere, y la carta que sigue es de su hijo, quien nos relata, para el mejor amigo de su pa_ dre, los momentos finales de esa vida ejemplar. Con todo, parece que la mis– ma poderosa inteligencia sigue moviendo esta otra mano y trazando con ella los juicios que admirábamos, pues así se nos antoja de semejante el hijo al padre. Por todo esto es que entendí un deber de justicia dar a la publicidad estas cartas. Préciome también que ellas sirvan a la verdad y a hacer más límpidas y sólidas las relaciones entre nuestros pueblos, como lo quisieron José Antonio de Lavalle y Ambrosio Montt. Lima, marzo 11 de 1863. Queridisimo amigo: ¡Qué habrá V. dicho de mí! Cuando menos que soy un badu– laque; pero, antes de formular un juicio, óigame, y después podrá V., CON CO– NOCIMIENTO DE CAUSA, (1) decir VISTOS (1) etc. Su carta del 17 de agosto la recibí en momentos cruelísimos: aquejada mi madre de una grave hidropesía desde el mes de mayo, se hallaba ya sin esperanza de vida. Arrastró, sin embargo, su existencia hasta el 2 de no- o viembre, día en que murió, después de una larga y dolorosa agonía. No bien ha– bía calmado el trastorno que esta pérdida me ocasionó, vino una tremenda en– fermedad de cerebro a atacar a una hijita mía de poco más de dos años. Como el mal se presentase con los más graves caracteres, y como de enfermedades se- (l) Subrayado en el original.

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