Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56
17 en antaño. Con ellas va mi correspondencia con el General Iglesias y otros, re· lativa a mi misión pacificadora en 1883, en la que verás una soberbia carta tu– ya, que tal vez no recuerdas. Todo esto va en paquete separado. De política tampoco te diré a mi vez nada, porque hace 10 años que de ella no me ocupo ¡Pluguiera a Dios que nunca lo hubiera hecho! Con mis amistosos recuerdos a todos los tuyos, te abraza TaTO CORDA (1) tu affmo. l.A. DE LAVALLE. Lima, febrero 22 de 1894 Señor Don Ambrosio Montt. Santiago Mi querido señor y amigo: No tengo palabras con qué agradecer la admirable carta de U. de 1'1 de diciembre, con motivo de la atroz desgracia con que el cielo ha que– rido anublar mi hasta entonces risueña existencia. Sus nobles palabras, brota– das del corazón, hacen tanto honor a Ud. como a nuestro llorado difunto. Dos almas tan elevadas y superiores no podían menos que haberse comprendido y estrechado. U. le quería y apreciaba, como él le amaba y admiraba. Su orgullo de él, y hoy el nuestro, es el aprecio que siempre supo inspirar a todos los se– res superiores con quienes le cupo estar en contacto en su rápida y accidentada existencia. Las simpatías del vulgo las miraba con desprecio; pero le daba gran valía al afecto de hombres como U. El juicio que de él emite U. es su mejor au– reola y la más preciada herencia para sus hijos. U. le conocía como pocos, por– que también a pocos abrió él su corazón como a U. Sí, dice U. bien: sus calla– dos sufrimientos morales ante las desgracias al parecer sin fin de éste su país, que mientras más avanzaba en años más quería, influyeron de una manera de– cidida en su temprana muerte. El sentía aún fuerzas y deseos bastantes 'de hacer algo por su bienestar, y sufría de la impotencia de esas fuerzas y de la esteri– lidad de esos deseos para contenerlo en esa marcha a la desgracia en que la fa– talidad lo arrea, no obstante los muchos buenos elementos y hombres con que cuenta. Ultimamente, su espíritu estaba aún más preocupado con el descenlace de las cuestiones externas y de la situación interna, como lo reveló el largo delirio de su postrera enfermedad. Su muerte lúe como su~vida, la del caballero y del cristiano. Desde principios de noviembre le acometió un fuerte resfrío, que hizo en él es– tragos alarmantes. Sus fuerzas decayeron de una manera sorprendente. No te-
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