Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56
18 nía gusto para leer ni para escribir, sus dos pasatiempos favoritos. Un sueño invencible se apoderaba de él a toda hora del día y de la noche, signo evidente de debilidad cerebral. Ella se acostó por la tarde, diciéndonos, al tiempo de hacerlo, que quizás sería para no levantarse mas, con aquel don profético que parece ser atributo de los moribundos. El 12 declararon los médicos su estado sin remedio, por tratarse de la última y fatal crisis de la diabetes, de que pade– cía desde algún tiempo. Recibió el pronóstico con la más admirable tranquilidad y resignación. El 13 en la maíiana conferenció largamente con el Padre Koninck, de la Compañía de Jesús, su confesor permanente, pues, como U. no ignora, ha– ce años que mi padre observaba una vida de católico perfecto, en la forma en que lo pueden ser los hombres de ilustración y de mundo. Enseguida pidió a su íntimo amigo de la infancia el angelical Monseñor José Antonio Roca, que te ad– ministrase los últimos sacramentos con la mayor solemnidad, no por vanagloria propia, decía, sino para ejemplo y edificación de los demás. Fue un ac– to solemne e inolvidable el de esa última profesión de fe hecha con el semblante más tranquilo y voz aún sonora, rodeado de sus hijos, de sus ser– vidores y de numerosos parientes y amigos. El 15 hizo entrar a sus amigos y tertulios de más confianza y se despidió de ellos con asombrosa tranquilidad. Esa misma tarde habló a solas conmigo por última vez, deciéndome entre otras cosas: "Muero tranquilo y feliz. He terminado mi misión sobre la tierra. To– dos mis hijos están ya grandes y logrados, han resultado buenos y iuiciosos y nO me han dado nunca que sufrir. Tú cuidarás a las menores y solteras. Todas mis disposiciones están tomadas y tú las conoces tan bien como yo. Quisiera haberles dejado más, pero Dios no lo ha querido; gócenlo en paz y armonía. No descuiden a mis buenos amigos. Para todos los gastos extraordinarios que sean necesarios, hallarás lo suficiente en mi caja: quiero conservar hasta lo último mi reputación de hombre que no le debe un centavo a nadie". Poco después, al darle un medicamento, me dijo: "Pepe, no te afanes más; desengáñate, que ya no hay sujeto aquí, y lo poco que queda desea descansar y morir". No tuvo un instante de desfallecimiento moral ni de debilidad humana. Esa noche entró en un estado de inconsciencia y de delirio sosegado, interrumpido a veces por lla– madas a mí, oraciones y sefiales de bendiciones, hasta que el Viernes 17, a las 8 menos cuarto de la noche, se apagó suavemente sin una convulsión ni un estertor, como dormido, rodeado de todos nosotros. Verdaderamente la muerte del justo. Solo puede morir así, indudablemente, el hombre de bien. Tenemos el consuelo de que, después de ido, se ha hecho am– plia justicia a nuestro querido muerto, como él mismo lo predecía cuando a menudo nos decía en tono de chanza: "Cuando yo muera, ya verán Uds. que "hombrón" habían tenido por papá". Cuán bien sabía él, que, según el profundo pensamiento de un sabio sacerdote cuyo nombre se me escapa, los hombres, co– mo los buhos, no quieren ver y reconocer los méritos de sus semejantes sino en las oscurídades de la tumba. U. ha comprendido cuán dolorosa me sería la relación de estos detalles; pero, pidiéndomelos, no se los podía rehusar al amigo predilecto de mi padre, aún a costa de los quejidos del corazón al recorrer esa desgarrado– ra VIA CRUCIS (1) de eterno recuerdo. En cambio, vaya pedirle a Ud. un fa- (l) Subrayado en el original
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