Boletín de la Biblioteca Nacional N° 53-54

7 El señor Ricardo Caso, en su cliscur.rn a nombre del departamento de Ica, dijo: Seííores: La provincia de Ica me encomienda la trist.e misión de traer las rosas marchitas de su dolor, para deshojar– las sobre la tumba de uno de sus hi– jos más ilustres. Honor para Ica, que se enorgullece con justicia de haber contribuído ,,¡empre a la fortuna intelectual d=l Perú, es el de haber sido la cuna de Abraharn Valdelomar. Cerebro infatigable y fecundo; inte– ligencia clara; percepción artística de finura incomprable, Valdelomar ha si– do, sin eluda alguna, de las mas no– tables v originales figuras literarias del Perú. Dotado de exquisita sensibilidad, su espíritu encontraba siempre la nota emocional allí donde temperamentos menos sutiles sólo perciben las dis– cordancias de un ambiente rudimenta– rio o la monotonía enervante de la vida cotidiana. Y esa vibración alam– bicada perceptible sólo para los gran– cLs semitivos, sabía Abraham Valde– Jomar trasmitirla a los demás; hacer– la accesible para todos, magnificán– dola a través de la lente poderosa de su temperamento hecho para el arte :-· refinado por el art·.:. Es a;:oí cómo las escenas de la vida semipatriarcal de nuestras provincias, que describe con virgiliana sencillez en su último libro, producen en el ánimo ·=sa sensación de belleza natu. ral y espontánea que caracteriza las obras de los maestros del arte. Arrastrado siempre por extraña in– quietud, el poderoso dinamismo de su espíritu lo llevó en su primera juven– tud, al dibujo y la caricatura, artes que dominó en poco tiempo, sin más guía que su propio genio. Más tarde fue poeta y orador político, apren– diendo en breve el difícil arte de se– ducir a las muchedumbres con la pa- labra. Pero pronto su fantasía encon– tró estrecho el campo de la métrica y demasiado pobre el dominio de la .lín~a, y, dec:de entonces "El Conde de Lemos", comenzó a producir la prosa admirable que debía consagrarlo como figura de primer orden en la litera– tura peruana. Aún entonces, la lectu– ra d.: un libro, una conversación ínti_ ma bastaban para cambiar de orien– tación al producto artítisco de su al– ma, dotada de ecléctica sensibilidad para todas las formas de lo bello. Y así fue Valdelomar soüador con Verlaíne, ironista con Anatole Fran– ce, dulce con Alfredo d.;: Musset, épi– co y resonante con Chocano y trágico con Edgard Poe, pero conservando en todas sus obras el sello individual de su temperamento, que rev.cJa una vi– gorosa personalidad mental. Este res– peto por la propia originalidad le atra– jo muchas veces el ataque despiada– do de los críticos prof,::sionales, pero el Conde de Lemos tuvo el talento de triunfar permaneciendo fiel a sí mismo. El cuerpo del artista ha pagado ya la deuda inevitable y dolorosa. Pro1L to el olvido alejará de nosotros hasta relegarlo a ese último plano anacró– nico y borro50 donde se mezclan las ic)eas y los hombres, la imagen del <;migo; esa imagen que percibimos hoy tan claramente a través el: una lágrima. Desaparece el autor, pero queda en pie la obra; esa obra de personalidad definida, inconfundible. Quedan sus cuentos admirables; sus versos finos y brillantes como pulí_ mentada flor de orfebrería; su libro sobre el toreo y fragmentos de su no– vela biológica, que debió ser la gran obra de su vida, según afirmaba con esa fe tan sólida, que concede una justa y exacta apreciación del propio valer cuando ya se ha adquirido el derecho de juzgarse a sí mismo.

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