Boletín de la Biblioteca Nacional N° 53-54

12 El señor Félix del Valle dijo en su discurso: Abraham: Aquí, en torno al cuerpo que ence– rró el privilegio de tu alma, estamos lodos tus compañeros, incluso aque– llos que te estrecharon la mano sm sentir el complejo afán ni el grave de– ber amistoso de comprenderte. En la tiniébla de nuestro medio eras un ful– gor, trémulo de gracia, que ha caído, como esas gotas de oro que, en el cie– lo, rcvi~ntan de luz y se precipitan an– siosas a no sabemos qué indescifra– bles zonas obscuras. Como gran artista que eras, tenías la medrosa voluptuosidad de anhelar la muerte y te disolvías en la perpetua veheme,-:cia de rozarla. Había en tí una especie de honda coquetería macabra en canjear un poco de vida por un po– co más ele transparencia e.spiritual, de emoción nueva y de ambición sutil; tres afar;es que eliminan las mezquin– dades y dejan el alma pura y abk:rta para mirar con ironía los tosco.s y úti– les movimientos de la vida normal. Eras orgulloso, es cierto, no porque lo fueras sinceramente, sino porque la hostil vulgaridad te obligaba a serlo. Y eso estaba bien en ti pues que tal ~s la forma con que un espíritu origL na!, cual el tuyo, debe desquitarse y penetrar en la vasta y doliente confu– sión de la "xistencia. Pero, en cambio, en tu obra hay, sus– tancialmente, ese amor hondo que es un ferviente des~o de dorar con belle– za las recónditas tristezas y los dia– rios ajetreos en que se van dejando, como prendidas en un bosque anóni– mo, las huellas mejore.s del alma a la que precisa soterrar para resolver los problemas inmediatos y urgentes de que la gran ma.scarada de Ja vida nos rodea. Fabricante de primores, tú eras dueño y señor de ese haz sensible de fibras que, al ser tocadas por la du– reza real, .se conmueve y abren el ví– vido surtidor de exquisiteces y de mú- sicas, que los ojos no ven y que el oído no percibe, porque se incrustan alma adentro para perfumar de gracia las herida.s interior'oS, pétalos caídos de la viva y abstracta rosa de Jos sue– ños. Así tu prosa, tan varia, tan ondulan– te y tan diversa, llena de las agilidades de Ja juventud y de las temblorosas languideces y ternuras del otoño. Es ella corno una gran danza toda entre– tt·jida de matices de ecos: ecos finos de cristalinas flautas, construidas por jóvenes dioses ing:cniosos y tañidas por labios expertos de corazones ancianos; matices de metálicos colores que se suavizaron a fuerza de brillar, ternu– ras qu~ son el relente o la sonrisa de las aguas, bajo la inmensa paz azul, plena de las plateadas murmuracio– nes de las estrellas. No eras un pesa– do ingeniero de la literatura, ni un fi_ lósofo, ni un historiador, en el sentido e.specífico de las tres frases, y eras to– do ello y mucho más porque eras gran artista y eras gran poeta: tenías la red mágica que echada al margen de las realidades suele llenarse de metá– foras e imágenes que se recogen con un placer de niño y se ordenan con un dolor muy profundo. Te bastaron, pues, para construir el frágil y eterno templo el~ tu literatura, un poco de sol, un puñado de estrellas, el rumor caprichoso de un ala, al cie– go empeño de amarlo todo, un oído fino para atender al ritmo ds tu co– razón, tan generoso que gozaba esti– mulando su propio fuego, y un cami– no o un sitio cualquiera donde estos complicados hervores de bellezas y de emociones pudiesen ,ser fija dos para la eternidad. Abraharn: La tierra en que nacimos, do: ubérrimas y garridas campiñas, en la que Ja naturaleza es tan fértil que, cansada de ser sana y fresca en lo~ frutos, produce entendimientos corno

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