Boletín de la Biblioteca Nacional N° 53-54
10 El señor Ezequiel Balarezo Pinillos a nombre de "La Prensa", dijo: Señores: Hasta el recinto de la paz y la se– renidad eternas, donde va a encontrar reposo la inquietud de un gran artis– ta, traigo la voz de LA PRENSA, la casa donde Valdelomar vivió sus ho– ras más afables, en contacto más puro con su espíritu y e] espíritu de la pa– tria, y donde su recuerdo s:: posa so– bre todas las cosas, alienta por todas las estancias y gime en lo más hondo de todos los espíritus. En nuestra imprenta hubo un cuar– to raro: el cuarto ele Valdelomar. El cuarto fue exótico como el propio Val– clelomar fuera en la literatura y en h vida. Y los dos, hombre y cuarto, se fueron de repente, y ahora en que la fosa ,c:e abr:', y en que el insigne es– critor va a hermanarse por fin con su Omega pensativa y atrayente, la vi– sión en las llamas que devoraron la habitación pulquérrima, con su som– brilla asiática, su me.silla de laca y sus desnudos ele bronce, y la evocación de la ~scalera distante y trágica, en que tropezó el artista para derrumbarse basta la muerte, vinculan de nuevo– ¡ qué coincidencia aciaga!- los dos .so– beranos elementos del hombre en Ja vida: el fuego y el árbol. Consumió el incendio el refugio, para el trabajo y el arte, de "El Con– de de Lemos", y una escalera funesta, allá en Ayacucho, cortó para siempre la existencia del mútiple y extraor– dinario literato. Tiene el destino ca– prícho.s que desconciertan, y por obra suya, el cuarto en que trabajaba Abra– ham, como acabó en cenizas, no ha encontrado heredero. Y ennegrecidas las paredes que calentaron pensamien– tos tan blancos, ha cambiado, todo, y ::n el día como en la noche, zumba la abeja de la fatalidad, y la vieja eterna protesta resurge irremediable– mente, pero vencida y dese.sperada siempre, en nuestros espíritus y por nuestros labios. Más que nunca, el re– cuerdo, tantas vec;;.s piadoso, se mues– tra ahora terrorífico y malvado. Comprendemos, palpamos, afirmamos, la certidumbre horrible y nada será bastante para destruirla; dentro de la caja de la muerte, dentro de esa caja, e! cuerpo inerte de un artista grande, el~ un hombre bueno y generoso, se en– trega al descanso imperecedero. Nue.~tras lágrimas, nuestros lamentos, nues_ tras angustias, nuestras quejas, caen inútiles en el gran vacío. Somos todo, llevamos todo d::ntro de nosotros mis– mos, conformarno.<: nuestras vidas al espacio y al tiempo, y con un solo ges- 1o podemos esquivar hasta el poder incomparable de la luz; mas ante la verdad seca y pavorosa ele la muerte, ~1nt:.: el sueño ,c:in fin que nos corrom– pe y nos disuelve, todo en nosotros acusa flaqueza, duda y miedo, mate– ria frágil sin conciencia y sin vigor, grito de espanto del niño ante el cuar– to oscuro, fiebre alucinante del enfer_ mo a mitad de la noche. Somos nada por que nada podemos, y la muerte negra se va posesio– nando de todos nosotros, y una tar– de, en una provincia lejana, s~ apaga un alma como la de Valdelomar. En vano gritar la injusticia y en vano llo– rar el dolor sin límites. Queríamos que el hilo telegráfico fuera mentiro– so; queríamos que una voz d¡;scono– cida viniera a gritar el venturoso en_ gaño; queríamos que, al cabo, sobre el destino inexorable y ciego, se le– \ antase la bondad que no vence, pero tampoco muere.- Y la bondad quedó en ,silencio, y la justicia quedó deshe– cha; y la realidad artera nos hirió con sus dardos más penetrantes y ve– nenosos. Concluyó Valclelomar su vida, y pues e¡ue mi palabra es en este momento la palabra de LA PRENSA, quiero exaL
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