Boletín de la Biblioteca Nacional N° 49-50

12 rima, y los jeroglíficos que he vislo en el desierto del Casiquiare, donde hoy no quedan casi vestigios de hombres; todo eso unido a las nociones dadas por Cla– vijero sobre la emigración de lm; mexicanos hacia el mediodía de la América. me ha lhocho producir ideas acerca del origen de estos pueblos, que me propongo desarrollar en cuanto tenga tiempo. I'vlc he ocupado mucho también del estudio de las lenguas americanas. y he visto cuán falso es lo que La Condamine dice de su pobreza. La lengua caribe es a la vez ric;:i. hermo~a, enérgic;:i y fina; no carece de expresiones para las ideas abstractas; se habla en ella de posteridad, eternidad, existencia, etc., y los signos numéricos bastan para designar todas las combinaciones posibles de .la cifra:'. Me aplico principalmente a la lengua Inca; la hablan comúnmente aquí en la sociedad, y es tan rica en giros finos y variados, que los jóvenes, para decir dulzuras a las mujeres. comienzan a hablar Inca, cuando han agotado lm: recursos del castcl)auo. Estas dos lenguas, y algunas otras igualmente ricas bastarí.an soh>s para probm· que la América ha poseído en otros tiempos una mayor cultura que la que los e:opañoles haHaron en ella en 14,92. Pero de ello he recogido muchísimas otras pruebas también, no soiamente en México y en el Perú, sino aun en la corle del rey de Bogotá (país del que se ignora absolu– tamente la historia en Europa, y del que aún son muy interesantes la mitología y las tradi<:ionP.s fabulosas). Los sacerdotes sabían trazar una meridiana y ob– servar el momento del sol'Cticio; reducían el año lunar a un aiío solar por inter– ealac:ioncs, y poseo yo mismo una piedra heptágona, hallada cerca de Santa Fe, que les servía para calcular eso;; días intercalares. Pero lo que es más, aun en el Erevato, en el interior de la Parinia, los salvajes creen que la luna está ha– bitada por hombres, y saben por lm; tradiciones de sus antepasados que su luz v 1 ene del sol. De Híobamha, dirigí mi exploración por el famoso Páramo del Asuay, hacia Cuenca: pero visité antes las grandes minas de azufre de Tirrau. Es en esta montaña de azufre donde los indios sublevados en 1797, después del terre– moto, qui8ieron incendiar. Era sin duda el proyecto más desesperado que jamás hubo sido concebido; pues esperaban formar por este medio un voleán que tra– gara to<la la provincia <le Asuay. En lo alto del Páramo de Asuay, a una altura de 2,300 toesaé;. están las ruinas del magnífico camino del Inca. Conducía casi hasta Cuzco: est:iba enteramente cou:otruido de piedras de cantería y muy bien alineado; se parecía a los más hermosos caminos romanos. En los mismos alrededo– res se encuentran también las ruinas del palacio del Inca Túpac Yupangi, del cual La Condamine ha dado la descripción en las Memorias de la Academia de Berlín. En la cantera que ha producido las piedras, se ven todavía varias a medio labrar. No sé si La Condamine ha hablado también del pretendido billar del [nea. Los indios llaman este lugar, en lengua quichua, lnca-Chungana, el juego del Inca; dudo, sin embargo, que haya tenido esta destinación. Es un canapé labrado en la roca vi va. con ornamentos en forma de arabescos. dentro de los cuales se cree que corría la bola. No hay nada más elegante en. nuestros jardi– nes ingleses, y todo en él prueba el buen gusto del Inca, pues el asiento está t•olocado de modo de gozar en él de una vista deliciosa. No lejos de ahí en un bosque, se encuentra nna mancha redonda, de fierro amarillo, en greda. Lo~ peruanos Jo han adornado con figuras, creyendo que era la imagen del sol . Tomé su dibujo. No nos hemos quedado mii:' que diez días en Cuenca; y de ahí nos hemos dirigido a Lima por la provincia de Jaén, donde, en la vecindad del río de las Amazona.e;. hemos pasado un mes. Hemos llegado a Lima el 23 de octubre de ] 802.

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