Boletín de la Biblioteca Nacional N° 49-50

1l ha dado 3,267, y tengo motivo para poner alguna confianza en mis operacio– nes. Todo este enorme coloso (así como todas las altas montañas ele los Andes) no es de granito, sino de pórfido, desde el pie hasta la cima, y el pórfido tieuc en él 1,900 toesas de espesor. La poca es!ada que hicimos en la enorme altura a la cual nos habíamos elevado, fue de las más tristes y lúgubre~; estábamos Pnvneltos por una bruma que no nos dejah::i entrever de vez en euando mús qne los espantosos abismos que nos rodeaban. Ningún ser animado, ni siquiera el cóndor, que sobre el Anlisana planeaba con ti n uamcnte encima de nuestras cabezas, vivificaba los aires. Peque!tos nmsgos eran los únicos seres organizados (¡ue uos recordaban c¡ue estábamos todavía tocándonos con 1a tierra habitada. Es ca.si Ycrosímil que el Chimborazo es como el Pichincha y el Antisana, de iwluraleza vo!eúnica. El reguero por el cual suhirno.s a él, está compuesto por una roca c¡uemada y escorificada, mezclada de piedra pómez; se parece a todas las corrientes de la vas de este lugar, y sigue mús allá del punto en q11t' fue necesario poner término a mis rebuscas, hacia la cima de la montaña. Es posible que esla cima sea el cráter de un volcán apagado. y eso es aun proba– hle; entretanto la idea de esta sola posibilidad hace con razón estremccet"''• pues, si este volcún se encendiera de nuevo, esle coloso destruiría loda Ja provincia La montaña de Tunguragua ha bajado desde 1a época del terremoto de 1797. Bouguer !e da 2,620 toesas; IIO le he haHado más que 2,5:31; ha perdido entonces cerca Je 100 toesas de su altura. Por eso lo~ habitantes de las comarcas vecinas aseguran haber visto desplomarse su cumbre ante sus ojos. Durante nuestra residencia en RíoLamLa, donde pasamos algunas sema– nas en casa del hermano de Carlos i\Iontúfar, que en ella es corregidor, la cu– riosidad nos hizo hacer un descubrimiento muy curioso. Ignoran absolutamente el estado de la provincia de Quito antes de la Conc¡uista del Inca Túpac Yu– pangi 4 • Pero el rey de los indios, Lcandro Zapla, c¡ue vive en Lican, y que, para un indio, tiene el espíritu singularmente cultivado, conserva manuscl'itoci, redactados por uno de sus antepasados en el ::;iglo XVI, c¡ue contienen la his– torja de esta época. Esos manuscritos están escritos en lengua Puraguay. Era en otros tiempos la lengua general de Quilo; pero en la serie de los tiempos ha cedido a la lengua del Inca o Quichua, y está perdida ahora. Felizmente, otro de los antepasado.s de Zapla se ba entretenido traduciendo esas memorias al español. Hemos extraído preciosos informes, principalmente acerca de la memo– rable época de la erupción de la montaña llamada iVevado del Attas, c¡ue debe haber sido la más alta montaña del univerrn, más alta c¡ue el Chimhorazo, y que los indios llamaban Capa-urcu, jefe de las montañas. Quainia Ahomatha. el últirno cochocando (rey), independiente del püÍs, reinaba entonces en Lican. Los sacerdotes le advirtieron que esta catástrofe era el presagio siniestro de su pérdida. "La faz del univer~o, le dijeron, se cambia: otros dioses expulsarán los nuestros. No resistamos a lo que el destino ordena". En efecto, los peruanos introdujeron el culto del sol en el país. La erupción del volcán duró siete altos, y el manuscrito de Zapla pretende c¡ue la lluvia de cenizas en Lican era tan abundante, c¡ue durante siete años hizo en él una noche perpetua. Cuando se considera la cantidad de materias volcánicas que se encuentran en la llanura de Tapia, alrededor de Ja enorme montaña venida abajo entonces, y se piensa c¡ue el Cotopaxi a menudo ha envuelto a Quito en tinieblas de quince a die– ciocho horas, se puede creer por lo inenos que la cxageraeión no es por mucho demasiado grande. Este manuscrito, Ja.-; tradiciones c¡ue he recogido en la Pa- 4 La Conqllista <le Quito por ]o,, peruanos se hizo en 1 ClL

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