Boletín de la Biblioteca Nacional N° 49-50
10 es una triste noticia la que debimos haber llevado a los habitantes de Quilo, que el volcán que les es vecino está encendido actualmente. Signos evidentes nos eonveu– eieron enlrctanlo hasta no poder dudar. Los vapores de azufre nos sofocaban casi cuando nos acercábamos a la boca: vcían10s aun pm;earse aqui y allá llamas azulejas: y de dos a tres minutos ~entíamos fuertes sacudidas de temblores con que l<h bordes del cráter son tados, y de los que se dan cuenta ya a cien toesus de ahí. Supongo que la gran catástrofe del 7 de febrero de 1797 hu vuel.to tam– bién a encender los fuegos del Pichiudia. Dec;pués de visil.ar esta 1nontaiía solo. volví a ella dos días má~º larde. acorupaña<lo de mi amigo Bonpland y de Carlos Montúfar, hijo del de Selva-Alagre. Estábamos proveídos de más ins- trumentos aun que la vez. medimos d diámetro dd cráter y la altura de la montaña. Halhimos en uno 1oesas :: v en la olra 2A77. En el int0r- valo de dos días que hubo entn' nuestras dos e~cursiones al Pichincha, tuvimo~ un temblor muy fuerte en Quilo. Los indios lo atribuyeron a polvos que yo de– bía haber arrojado en el volcán. En nue~!To a! volcán tfo Antisana, el tiempo nos favoreció tan bien que subimos hasta la altura de 2.773 toesas. El hal'Ómetro bajó, en esta rcgió11 elevada, hasta 14 pulgadas 7 Líneas, y la poca densidad del aire llOS hizo arrojar 1a sangre por los labios, las encías y los ojos aun: ~entí;.uno'.; una debilidad ex– trema, y uno <le lo~ que nos acompañaban en ecila excur,~ión, se desmayó. Por eso habían creülo imposilile ha2ta aquí elevarse ni<1s alto que hasta la cima lla– mada Corazón, a la nrnl La Condamine había llegado, y que es de 2,4,70 !Ot',<h. El análi~is del aire !raído des<le el punto más elevado de nuestra excur-'ÍÚn, nos dio 0,008 de ácido Cilrhónico por 0,213 de gas oxigeno_ Visitamos igualmente el volcán Cotopaxi; pero nos fue imposible Ilegar a la boca del cráter. E~ folrn que e~!a montaíia haya bajado en la época del te– rremoto de 1797. El 9 de junio de 1802 nos marchábamos de Quito para dirigirnos a la parle meridional de la provincia donde queríamo~ examinar y medir el Chim– borazo y el Tunguragua y levanlal' el plano de todos los territorios trastornados por la gran catástrofe de 1797. Hemos tenido éxiio para acercarnos hasta cerea de 250 toesas cerca de la cima del inmenso coloso del Chimborazo. Un reguel'o de rocas volcánicas desprovistas de nieve, nos facilitó ]a subida; llegamos hasla la altura de :3,031 toesas, nos sentíamos fatigados de la misma manera qw~ en la cima del Anlisana. quedaba todavia dos o tres días después de nues- tro regreso a la llanura un malestar que no podíamos atr.ihuir sino al efecto del aire en esas regiones elevadas, cuyo análisi~ nos dio 20 centésimos de oxígeno. Los indios que nos acompañaban nos hahian abandonado antes de llegar a esla altura, diciendo que teníamo,; intención de niatarlos. Quedamos entonces soloc;. Bonpland, Carlos Montúfar, yo y uno de mis criados que Hevaba una parte de mis instrumentos; hubiéramos continuado a pesar de eso nuestro camino hasta la cima, si una grieta dema:,,iado profunda para atravesada no nos lo hubiera impedido: por eso hieimos bien en bajar. Cayó tanta nieve a nuestra vuelta. que nos costó trabajo reconocernos. Poco preservados contra el frío penetrante de esas elevadas regiones sufríamos horriblemente, y yo, por lo que a m1 toca, tuve la amargura de tener un pie ulcerado por una caída que había tenido poco;, días antes; lo que me molestó horriblemente en un camino en que a cada ürn– tante se chocaba con una piedra aguda, y donde era preciso calcular cada paso. La Condamine ha hallado la altura del Chimhorazo de cerca de 3.217 toesas. La medida trigonométrica e¡ ue Ic he hecho, en dos diferentes repeticiones, me
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