Boletín de la Biblioteca Nacional N° 49-50
9 y que raramente sube a 16 ó 17°, m.ientr;is que Bouguer lo veía constantemente a 1~) ó 16°. Desd~ esta catástrofe hay continuos temblores; ¡y qué sacudimientos! Es probable que toda la parle alta de la provincia no sea más que un solo vol– cán. Lo que llaman las montañas de Cotopaxi y de Piclúndw no son sino pe– queñas cimas, de las cuale'; los cráteres forman cañones diferentes, terminando todos en el mismo hueco. El terremoto de 1797 no ha probado por desgracia sino demasiado e,,la hipótesis; entonces la tierra por todas partes se abrió, y vomitó azufre, <igua. cte. A pesar de esos horrores y peligros de que los rodeó la na– turaleza, los habitantes de Quito son alegres, vi vos y amables. Su ciudad no res– pira más que la voluptuosidad y el lujo, y tal vez en ninguna parte reina un gusto más deci.dido y general por divertirse. Es así cómo el hombre se acostum– bra a quedarse dormido apaciblemente al borde de un precipicio. Hemos tenido una residencia de cerca de ocho meses en la provincia de Quito, desde principios de enero hasta el mes de agosto. Hemos empleado este tiempo en visitar cada uno de Jos volcanes que se encuentran en ella; hemos eonteniplndo, unu después de otra, las cimas del Pichincha, Cotopaxi, Antisana e Ilinica, pasando qui?1ce díns en tres semanas en las cercanías de cada una de ellas, y ,oJviendo, en los intervalos, siempre a la ciudad de Quito, de la cual hemos partido, el 9 de junio de 1802, para dirigirnos a las cercanías del Chim– horazo, que e.stá situado en la parte meridional de la provincia. He logrado llegar dos veces, el 26 y 28 de mayo de 1802, al borde del cr:íter del Pichincha, moulaña que domina la ciudad de Quito. Hasta aquí na– die, que se sepu, si no es La Condamine lo había visto nunca, y La Con– damine mismo no había llegado a él si no después de cinco o seis días de recorridos inútiles y sin instrumentos y no había podido permanecer ahí más que doce a quínec minutos por causa del frío que hacía. Logré llevar allí mis instrumentos; tomé las medi<las que era interesante conocer, y recogí aire para hacer su análisis, Hice mi primer viaje solo con un indio. Co– mo La Condmnine se hahta acercado al cráter por la parte baja de su bor– de, cubierto de nieve, fue allí donde siguiendo sus hueUas, hice mi primera tentativa. Pero escapamos de perecer. El indio cayó hasta el pecho en una grieta y vimos con horror que habíamos andado sobre un puente de nieve congelada; pues, a algunos pasos de nosotros, había hoyos por Jos cuales pasaba la luz. Nos hall:ihamos entonces, sin saberlo, encima de bóvedas que están pegadas al cráter mismo. Asustado, pero no desmoralizado, cambié de proyecto. Del contorno del cráter salen. lanzándose por decirlo así, tres picos, tres rocas que no están cu– biertos de nieve, porque lo~ vapores que exhala la boca del volcán los funde en ellas sin cesar. Subí a una de esas rocas, y hallé en su corona una piedra que, estando sostenida por un lado solamente y socavada por debajo, avanzaba en forma de balcón sobre el precipicio. Ahí fue donde me establecí para hacer mis experiencias. Pero esta piedra no tiene más que cerca de doce pies de largo, por seis de ancho, y está muy agitada por sacudidas frecuentes de temblores, de los cuales contamos dieciocho en menos de treinta minutos. Para mejor examinar el fondo del cráter, nos acostamos boca abajo, y no creo que la imaginación pueda figurarse algo más triste, lúgubre y espantoso que lo que vimos entonces. La boca del volcán forma un hoyo circular de cerca de una legua de circunfe– rencia, cuyos bordes, cortados a pico, están cubiertos de nieve por la parte supe– rior: el interior es de un negro obscuro, pero el abismo es tan inmenso, que se dis lingue la cima de varias montañas que están colocadas en él, su cumbre parecía es– tar a trescientas toesas por debajo de nosotros; juzgue entonces dónde debe hallarse su base. No dudo que el fondo del cráter esté a la misma altura de la ciudad de Qui– to. La Condamine había hallado este cráter apagado y cubierto aún de nieve; pero
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