Boletín de la Biblioteca Nacional N° 49-50

8 pudrieron en las p1ern<J5, y llegamos con los pies descalzfü y eubier1 os de ma– gullado ras a Cartago, pero enriquecidos con una hermosa colección de 11uevas plantas, de las cuales traigo un gran número de dibujos. De Cartago fuimos a Popayán por Buga, atravesando el hermoso valle del río Canea, y teniendo siempre a nuestro lado la montaña de Choca y las minas de platino que se encuentran ahí. Nos quedarnos el mes de noviembre de 1801 en Popayán y fuimos a visitar las montaií.as basálticas de Julurnilo, las Locas del volcán Puracé, que, con un ruido espantoso, desprenden vapores de agua hidrosulfurosa, y los granitos pórfidos de Pü;ché, que forma columna~ de cinco a siete hileras, semejantes a aquellas que re– cuerdo haber visto en los montes Eugeninos de Italia. y que están descritos por 5trange. . La mayor dificultad nos quedó por vencer para venir de Popayán a Quito. Fue necesario pa.'iar los Páramos de Pa:,to, y eso en la estación de las lluvias, que había principiado mieutras esperábamos. Se llama Páramo en los Andes, lodo lugar en que, a la aüura de L700 a 2,000 toesa~, se interrumpe la vegetación. y en que uno sienl(' un frío que penetra Ios huesos. Para evitar los calores del valle de Palia, donde lo invaden en una sola noche fiebres que duriln tres o cuatro meses. y que son conocidas bajo el nombre de calPnturas ( / iebres) de Patia, pasamo.'i a la ct1mbre de Ja cordillera, por precipicios horrorosos, para ir de Po– payán a Almaguer y de ahí a Pasto, situado ül pie del terrible volcán. La entrada y la s¡,¡lida de esla pequeña ciudad, donde pasamos las fiestas de Navidad, y donde los habitantes nos recibieron con la más afectuosa hospi– talidad, es todo lo que hay de más espantoso en el mundo. Son espesas selvas, situadas entre pantanos; en ellas las mulas se sumergen hasta al mitad; y se pasa por quebradas tan profundas y estrechas que uno cree entrar en las ga– !erías de una mina. Por e:m los caminos están empedrados con osamentas de las mulas que en ellos han perecido de frío y fatiga. Toda la provincia de Pasto, comprendidos en clb los alrededoreé: de Cuachucal y de Tuqueres, es una meseta helada, casi sobre d punlo ¡~n que b vegetación puede durar, y rodeada de vol– <:anes y de azufreras que desprenden continuamente torbellinos de humo. Los desgraciados habitante:; de estos desiertos no tienen otros alimentos que las pa– tatas, y si les faltan, como el año pasado, van a las montañas a comer el tronco de un pequeño árbol llamado aelmpalla ( Pvurretia pilcarnia); pero siendo este mismo úrbol el alimen!o de lo.e; o,;os de los ándes, éstos les disputan a menudo el único alimento qm~ les presentan esas altas regiones. Al norte del volcán de Pasto, descubrí en la pequeiía aldea india de Voisaco, a 1,360 toesas sobre el mar, un pórfido rojo, con base arcilíosa. incrustando feldespato vítreo, y corneana, que tiene todas las propiedades de la serpentina del fichtel-gebirge. Este pórfido tiene polos muy visibles, y no presenta ninguna fuerza atractiva. Después de estar mojado noche y día dnrantc dos mese~. y después de faltar muy poco para aho– garnos cerca de ciudad de lbarra por una crecida de agua muy súbita, acompa– ñada de temhlore~. llegamos el 6 de enero de 1802 a Quito, donde el marqués de Selva-Alegre había tenido la bondad de prepararnos una hermosa casa, que, después de tantas fatigas, nos ofreC'Ía todas las comodidades que se pudieran de– sear en París o en Londres. La ciudad de Quito es hermosa, pero el cielo es triste y nebuloso; las montañas vecinas ofrecen poca vegetación y el frío en ellas es muy intenso. El gran terremoto del 4< de febrero de 1797, que trastornó toda la provincia y mató en un solo instante treinta y cinco a cuarenta mil hombres, ha sido también funesto para con los habitantes. El clima ha cambiado de tal manera la tempe– ratura del aire, que' Pl tf'rmómetro está ordinariamente a 4-10° de Héaumur,

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