Boletín de la Biblioteca Nacional N° 41-42

5 cho más afin a sus rivales doctrinarios de lo que se sospecha. Por lo demás, Cas– tilla nunca fue conservador de veras. Crear orden y progreso era ya, de por sí, innovar. El estadista no puede ser, en este caso, separado del militar. El ejército, tan calumniado, tan incomprendido en el siglo XIX peruano, dá al país la máxi– ma figura de aquel siglo. Y una figura profesionalmente arquetípica. Otros su– pieron organizar ejércitos pero no supieron ganar batallas; o, por el contrario, fueron heroicos en el combate, aunque incapaces de dirigir eficazmente una lar– ga y difícil campaña. Castilla saca ejércitos de la nada, los conduce por vastas regiones y en los momentos decisivos no sólo emplea los recursos de la táctica, sino también se impone por el valor físico. Su voluntad de victoria es, con fre– cuencia, más fuerte que los obstáculos de la naturaleza, las hostilidades de ene– migos muchas veces superiores y la escasez de elementos auxiliares o de colabo– ración, y, en más de una oportunidad, logra su propósito después de haber em– pezado bajo las más adversas circunstancias, o convirtiendo en triunfo la de– rrota o la desesperanza del minuto anterior como en Yungay, o de la víspera como en Cuevillas. Ante el vencedor de Barón, de Yungay, de Intiorco, de Cue– villas, de Pachía, de San Antonio, de Carmen Alto, de Izcuchaca, de la Palma, de Arequipa, de Mapasingue cabe decir : he aquí un guerrero peruano cuya exalta– ción puede hacerse sin mezclarla con lamentaciones de "yaraví". No faltan chismes de vieja que bisbisean cómo si perdía en el rocambor, pagaba con dinero del Estado. Sin pretender extraer de allí una moraleja, cabe decir que el Perú faustuoso del guano bien podía pagar estas asignaciones extraor– dinarias al primer peruano de su tiempo : su monto no excede seguramente al de los modernos "gastos de representación". Según el testimonio de "El Murcié– lago" en la biografía que contra Castilla escribió, cuando éste terminó su primer gobierno tuvo que solicitar un préstamo a don Pedro Candamo. Después de en– tregar el poder en 1862, al final de su segundo gobierno, se fue Castilla a Casma para de allí pasar a Huari en busca de minas. "Se queja de pobreza y parece que con razón", dice una carta de don José Antonio Barrenechea a don Manuel Ortiz de Zevallos. Y después de la muerte de Castilla, cuenta Valdivia en sus "revolu– ciones de Arequipa" que dejó deudas y una casa en la calle Divorciadas, deci– diendo los acreedores perdonarle a la viuda, doña Francisca Diez Canseco, parte de estos créditos. El hombre que murió pobre en medio de la prosperidad nacional no podía ser mezquino. Si lo fue alguna vez, constituyó un caso de excepción. Más con– sonante con su idiosincrasia es mostrar un gesto de templanza y hasta de sonri– sa después de la cólera, como en la cerámica muchic las escenas guerreras o so– lemnes alternan frecuentemente con la representación de figuras jocundas o irónicas. Vencedor en Carmen Alto, tendió bien pronto la mano a los vencidos; y la desgracia y la miseria acompañaron a los vencidos en La Palma sólo dos años. Por eso no extraña que haga ministros a quienes lo atacaron antes con furia e ingenio como Felipe Pardo y Aliaga y José Gregorio Paz Soldán. Aquellos que se dejen impresionar por la "Biografía" que Manuel Atanasio Fuentes escri– bió contra él titulándose el más fiel de sus admiradores, deben leer la continua– ción de esa biografía : los decretos firmados por el biografiado, otorgando el apo– yo oficial a las "Memorias" de los virreyes, a la reedición del antiguo "Mercurio Peruano" y a varias publicaciones sobre Lima, todas ellas llevadas a cabo por el mismo Fuentes. Por eso es tan típica aquella anécdota de Castilla con el actor O'Loghlin que imitaba en el teatro su voz y sus ademanes, cuando lo mandó apre– sar y en seguida le invitó un almuerzo diciéndole : "El gobierno castiga al osado y el amigo felicita al artista"

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