Boletín de la Biblioteca Nacional N° 41-42

2? ciado a los conspiradores, dando tiempo al gobierno para que tomase las precau– ciones del caso. Iguain no fue procesado porque no lo creyó conveniente juzgar– lo en su fueros el Consejo de Guerra integrado por Mariano Necochea, Domingo Tristán, José Rivadeneyra, Juan Salazar, Manuel Aparicio, Eugenio Cortez y Juan de Mendiburu. Aun cuando está demostrado que Castilla no tuvo participación en la cons– piración de Rossel a cuyo descubrimiento contribuyó involuntariamente, no es– tuvo exento de propósitos subversivos. Refiere en su Manifiesto ya aludido que si él hubiera tenido el convencimiento de que la información de Aldea era sin– cera se hubiera unido gustoso al movimiento porque no estaba de acuerdo con la presidencia de Gamarra, a quien acusó de haber llegado al poder "irguiéndose sobre los cadáveres de sus enemigos", de haber invadido a Bolivia guiado por sus ambiciones personales, antes que en obedecimiento de propósitos patrióticos y de haber derrocado al Presidente La Mar. Lo acusó, asimismo, de la implantación de un gobierno de represión, secundado por un implacable servicio de espionaje, para lo que contó con el apoyo del General Eléspuru. Se lamentaba, sin embar– go, de no contar para el caso dado con personas que pensaran como él en la re– novación total del país, a excepción de Nieto, Méndez, Casanova, Bonifaz o Za– vala, que eran los únicos con quienes podían contar. El descubrimiento de la conspiración de Rossel y la ejecución de éste, así como la de sus principales colaboradores causó explicable conmoción en el país. Los partidarios del gobierno justificaron plenamente las duras medidas repre– sivas que adoptó, porque se castigaba un acto de deslealtad inaudita para con la persona del Presidente y ello contribuiría a cortar los planes de una vasta conspiración que contaba con el aliento o el apoyo del Partido Liberal. También fue ésta, ocasión propicia, para que algunos enemigos de Castilla lo acusaran de ser el autor indirecto de la muerte del capitán Rossel. No obstante las protestas de inocencia que formuló Castilla la acusación perduró. Manuel Atanacio Fuen– tes escribía años más tarde refiriéndose a este hecho : "Por el infundado temor de ser engañado, entregó a los que trabajaban por su causa a una muerte segura; y débil para llevar adelante los planes en que había tomado parte, fue pérfido y cobarde, hasta el punto de hacer derramar la sangre de sus cómplices" (3). El Observador Imparcial reconocía que los enemigos del gobierno nunca faltan y que por lo mismo se hacían merecedores de una ejemplar sanción, pero lo acusaba de negligente al no haber reprimido radicalmente los brotes subversi– vos anteriores. Consideró que la conspiración de Rossel, así como los anteceden– tes, eran resultado del extravío de los mismos hombres a quienes animaba el propósito de desquiciar al gobierno. "Así es -decía en su No. 16 - que los suce– sos de la noche del 13 del corriente podemos reputarlo por un vástago del tron– co, que entonces lejos de cortarse, como debiera, no se hizo sino encubrirlo para que retoñase después, ya más robusto y vigoroso" ( 4). La reacción de El Conciliador fue semejante, aunque consideró la conspira– ción fruto de una actitud aislada y personal de Rossel, a quien atacó duramente por su deslealtad al Presidente, de quien había recibido especiales favores. El editorialista, luego de referirse a los pormenores de la conspiración y a su fra– caso concluía, amenazante, con estas frases : "Ciudadanos del Perú gozad quie– tos y tranquilos del fruto de vuestro honesto trabajo. Quedará el trigo escogido, (3) Fuentes, M. A. Biografía del Excmo. e Iltmo. Sr. Dn. Ramón Castilla, etc. p. 16. (4) El Observador Imparcial. Lima, Marzo 22 de 1832.

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