Boletín de la Biblioteca Nacional N° 41-42

l1 litar era un ilustre peruano, el General Toribio Luzuriaga ( 11), el que en lugar de remitir al joven Castilla, como a otros prisioneros a los depósitos de San Luis o Las Bruscas, quizá teniendo en cuenta la coterraneidad que los unía y la ju– ventud del cadete, lo envió a Buenos Aires. De la permanencia de Castilla en Buenos Aires, poco sabemos, pero creemos que fue un prisionero con libertad de acción, lo que era usual en esa época. Creemos también que aquí debió tomar contacto con el ilustre José Miguel Carre– ra (18), uno de los máximos próceres de la Independencia de Chile, y con sus fa– miliares paternos. Los partidarios de San Martín y O'Higgins, enemigos de Carrera, estaban disfrutando de sus éxitos, particularmente del logrado en Chacabuco. Carrera que había vuelto de un viaje a los Estados Unidos, donde fue en busca de buques, di– nero, armas y oficiales para ayudar a la Independencia, estaba en Buenos Aires, donde vivía en una situación difícil, al extremo de llegar a sufrir prisión. Es muy posible que hubiese conocido al joven Castilla en alguno de sus viajes a Concep– ción, o que mediasen amigos comunes, pues ambos cruzaron el Río de la Plata en un mismo buque, como más adelante se expresa. El Deán Valdivia, amigo íntimo de Castilla, cuenta que "en la ciudad de "Buenos Aires, fue favorecido Ramón por la Sra. Da. Juana Puirredon, sobrina "del Jefe Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Puirredon puso "a Castilla en libertad y lo hizo embarcar en una goleta portuguesa de guerra, "la "San Antonio", en cuyo buque y en compañía del General D. José Miguel Ca– "rrera, se dirijió a Montevideo ... El General Carrera solicitó a Castilla en Mon– "tevideo para que fuese su ayudante de campo, pero éste se negó abiertamen– te" (19). Montevideo en estos días se hallaba ocupada por tropas portuguesas. La negativa de Castilla para un cargo halagador para un jóven, nos indica, que ya en sus años mozos era reflexivo y que tomaba sus decisiones conciensudamente. Siguiendo a dos clásicos historiadores chilenos podemos indicar con cier– ta exactitud, que la fecha del paso de Carrera y Castilla a Montevideo, debió ser uno de los últimos días de Abril o de los primeros de Mayo de 1817 (20). Las re– ferencias que se conocen del jefe militar portugués en Montevideo, el General Carlos Federico Lecor, son coincidentes en que era muy caballeroso y considerado con los asilados (21). Falto de recursos y sin tener que hacer en Montevideo, Castilla resolvió pasar a Río de Janeiro, lo que consiguió en un buque francés. En noviembre de 1817 estaba en Río (22), lugar donde residía el Embajador de España ante esa Corte, Teniente General Conde de Casa Flores, quien, como es lógico, dispen– saba su ayuda a los realistas leales (23). El Deán Valdivia, dice que en Río se alojó Castilla en casa de un rico español, el Dr. Mateo Magariños, quien después residió y murió en Arequipa, donde ejerció su profesión de abogado (24) y quien años más tarde se distinguió como fervoroso santacrucino. Merced a un acuerdo con los patriotas de Chile, el Teniente Coronel Fernan– do Cacho, de quien ya hemos dicho que había caído prisionero de los patriotas junto con Castilla, entre los de la comitiva del Presidente Marcó del Pont, en Las Tablas, había sido canjeado y conseguida así su libertad, marchó a Monte– video donde se encontró con Castilla, a fines de 1817; después pasó a Río de Ja– neiro y allí también se acogió a la protección del Embajador Conde de Casa Flo– res ( 2 5). Es incuestionable la asociación de Castilla con Cacho en Río ( 20), desde donde un impaciente sentido del deber los condujo a cruzar el continente surame– ricano, en vez de esperar un barco que los trajese de vuelta a Lima, ya fuese por la ruta del Cabo de Hornos o por la de La Habana y Panamá. El teniente coronel Cacho, escribió poco después que el Rey portugués tam– bién los favoreció pues "Su bondad [dice] no se limita a sus vasallos, participan

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