Boletín de la Biblioteca Nacional N° 41-42

8 llos que habían viajado al Viejo Mundo, y allí en Europa, es donde formada esa conciencia, se originan los primeros grupos y logias de criollos que tuvieron co– mo meta la Independencia. Casi sin excepción los patriotas de la primera hora son esos hombres, los que han tenido contacto directo con la realidad española y con Europa. La lista podría ser muy larga, sólo diremos los nombres de Vizcardo y Guzmán, Miranda, Bolívar, Riva-Agüero, Alvear, Luna Pizarro, Torre Tagle, O'Higgins, San Martín, Carrera, ... Don José Bernardo Tagle en la manifestación pública de sus servicios a la Patria, hizo una declaración que sintetiza el fenómeno a que nos estamos re– firiendo. Refiere que desde comienzos del siglo tenía ciertas vagas inclinaciones liberales, las que fueron reafirmadas radicalmente en su viaje que hizo a la Pe– nínsula en 1815 " ... Debo confesar", -- dice Tagle - "que varias personas impar– "ciales y de conocidas luces [en España], me instaron a que trabajase por la In– "dependencia Americana como único medio de sostener al partido liberal en Es– "paña ... " (2). Aquellos que no tuvieron el privilegio de viajar a Europa, de conocer la triste realidad de Carlos IV o Fernando VII, de la decadente impudicia de la reina María Luisa, de constatar el decaimiento español, etc. y que habían sido educa– dos en una religiosa devoción hacia la Monarquía Española, tuvieron que tardar más tiempo en tomar la debida conciencia que los haría decidirse a formar en las filas patriotas. Esta decisión implicaba graves conflictos internos propios de quie– nes viven los grandes cambios de la historia, que aparecen como rompimiento total con el pasado y con las más caras tradiciones recibidas en los hogares familiares como el más preciado de los legados. Los historiadores de nuestros días, cualesquiera que sea su escuela, admiten que las guerras de la Independencia de la América Indoespañola no fueron na– cionales sino revolucionarias, y aceptando que sus consecuencias fueron trascen– dentales e irrevocables, conocen que estuvieron embebidas con los angustiantes dilemas y contradicciones propios de todas las guerras civiles. Escena típicamente revolucionarla, es la que narra en sus memorias el sol– dado neogranadino Manuel Antonio López, de las horas que precedieron a la batalla de Ayacucho, en la que gracias a un acuerdo, se pueden juntar en la tie– rra que dividía a los ejércitos de la Patria de los del Rey, hermanos y amigos, los que momentos después lucharían en bandos opuestos en la batalla que selló la Independencia Americana ( H). Larga lista se podría formular de criollos que demoraron su definición por la Patria, pero entre ellos se encuentran figuras ilustres de la Revolución Ame– ricana como las de José Antonio Paez, Agustín Gamarra, Andrés Santa Cruz y Ramón Castilla, sólo por decir unos pocos nombres de próceres que una vez toma– da su decisión por la Independencia, la hicieron irrevocable y su aporte fue tan decisivo para la conquista de la libertad de la América indoespañola, que su de– recho es tan bueno como el de los primeros en el tiempo, para ser llamados pa– dres de nuestras patrias. Concluída esta muy breve e incompleta introducción, entraremos al tema propiamente dicho, o sea a tratar de los años juveniles de aquel de quien dijeron propios y extraños que fue el más grande servidor del Perú. Según su autobiografía, Ramón Castilla y Marquesado, nació en el año de 1797 en un pequeño pueblo del extremo sur del Virreinato peruano, ésto es, en Tarapacá ( 4 ). Poco se sabe de la infancia de Castilla. Conocemos que en él se mezclaban las sangres de España, de nuestros indios y de Italia, mas debemos

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