Boletín de la Biblioteca Nacional N° 30

6 riadísimos estudios". Solamente al final de sus días, la Inquisición le causó una desagradable y dilatada amargura. Con motivo de la publicación de su libro de me– ditaciones devotas Pasión y Triunfo de Cristo, en 1738, no obstante haberse so– metido a la licencia eclesiástica y a la censura de los definidores del Santo Oficio, este Tribunal lo encausó al año siguiente por expresiones escandalosas, falsas, blas– femas y heréticas, especialmente por una: "¡Oh mortales, como aunque fuéseis vosotros otros Cristos .. !" que hace recordar a "los Cristos del alma" de Vallejo; y mandó recoger y expurgar la obra. Peralta se defendía con uno y otro escrito, demostrando gran erudición teológica, lo que no daba por satisfechos a los in– quisidores, sin que se sepa el resultado final, por estar incompleto el expediente, siendo posible que con su muerte quedase sobreseído. En 1698 casó con doña Jua– na de Rueda Santelices, criolla que aportó alguna hacienda, de cuyo matrimonio no nacieron hijos, aunque si tuvo una hija natural que lo acompañó en su vejez mitigando su pobreza y achaques. Falleció en Lima, sin haberse nunca ausentado de su suelo, que se sepa, el 30 de abril de 1743. Gozó don Pedro de Peralta de altísima fama y de excepcionales considera– ciones de sus contemporáneos. Fue amigo y consejero de los Virreyes, especial– mente del Conde de la Monclova, del Marqués de Castell-dos-Rius, de Fray Diego Morcillo Rubio de Auñón y del Marqués de Castelfuerte. Los viajeros ilustres lo visitaban y consultaban con respeto como consta de las relaciones de Frezier y La Condamine. En los libros de la época se encuentran tantos elogios a su inte– ligencia múltiple y a su vasta sabiduría que según el argentino don Juan María Gutiérrez uno de sus críticos del siglo XIX, parecen "una fervorosa letanía digna de recitarse ante el altar de los siete sabios de Grecia". ( 1) De ese entusiasmo ad– mirativo se percata fácilmente el lector por los versos idolátricos que le ofrenda– ron los otros poetas sus amigos como este de Francisco de Robles y Maldonado : Ya el Perú no necesita más gloria, aplauso ni triunfo, que mostrarte y es adonde lo sublime llegar pudo. Pula la fama en tu elogio su noble idioma fecundo : que a más mérito, más gloria; y a mayor deidad más culto. La densa y vastísima cultura de Peralta asombra justamente si se consi– dera la distancia en el tiempo y el espacio en que se encontraba la ciudad de Lima con respecto a los centros del saber europeo. En este aislamiento provin– ciano había aprendido a la perfección siete idiomas que no le eran propios : grie– go, latín, francés, italiano, portugués, inglés y quechua y componía en casi todos ellos. Es indudable que este don de lenguas le sirvió como una llave preciosa para ingresar al recinto de los autores más modernos de su tiempo, sin necesidad de esperar traducciones, adelantándose a los conocimientos generalizados por enton– ces en España. Cuidó también de vincularse con esferas científicas y literarias extranjeras, para lo cual eran sus libros la mejor carta de presentación. Fue así nombrado Socio Correspondiente de la Academia de Ciencias de París y mantuvo fecunda correspondencia con los benedictinos españoles Fray Benito Jerónimo (1) El Correo del Perú (Lima, 1875). año V.

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