Boletín de la Biblioteca Nacional N° 28
4 <liante la cual sus servicios pueden ser usados sin discriminación por todo aquel que tenga aptitudes para hacerlo, en primer lugar. Una integración con los inte– reses del público, es decir una capacidad para responder a las demandas que la colectividad le plantea, en segundo término. Pero ante todo, debemos contar la función de la iniciativa, sin la cual una institución es nada más que un cuerpo mecánico, desarticulado de la cultura. La iniciativa consiste en activar en todos los grupos humanos que la rodean el interés por hacer uso de sus servicios, aproxi– mando persuasivamente, en este caso, un gran número de gentes al bien maravi– lloso del libro. Y luego, la grande y suprema iniciativa de orientar a las comuni– dades humanas hacia las normas y valores que las cohesionan interiormente. En la Declaración del Callao, formulada por Jorge Basadre en 1958, se establece como Objetivo de la Biblioteca la creación "en el pueblo, de la conciencia que proviene de la cultura, la comprensión y la solidaridad patriótica, moral y humana". Todas estas condiciones son necesarias para que la Biblioteca no sea un instrumento de grupos minoritarios, puesto lejos de la vida colectiva, sino un órgano de guía cul– tural y de amalgama social. Todas ellas significan, además, que una Biblioteca debe administrarse por impulso propio, condicionado por la vida social que le sirve de marco, aunque con iniciativa para canalizar la cultura hacia formas su– periores. Para el logro de tales fines no hay sino una vía : la profesionalización de sus servidores, la educación bibliotecaria. Durante los últimos veinte años, la socialización de la Biblioteca ha sido el rasgo más significativo de su historia. En general, tal ha sido el hito carac– terístico de las instituciones educativas y culturales del país. La ejecución con– creta de estos ideales ha correspondido a las generaciones de bibliotecarios que han egresado de la Escuela y a las que ahora expreso mi más cálida admiración. Un año de trabajo al lado de ellos me ha inspirado sentimientos de respeto y gra– titud. Creo que el personal no bibliotecario de nuestra Casa también ha laborado con amor. La solidaridad que con ellos me une es un sentimiento real y no una palabra formularia. Durante el período de veinte años en que la Escuela Nacional de Bibliote– carios viene funcionando en el país, la Biblioteca peruana se ha esforzado por tecnificar sus servicios, por integrarse con las necesidades sociales y por constituir– se en órgano promotor del desarrollo cultural. Este proceso se cumple todavía con eficacia muy varia en el país. De todos modos, el esfuerzo ya ha despertado. Lo importante es que, coincidiendo con el período de labores académicas de nuestra Escuela, la Biblioteca ha transformado radicalmente sus concepciones, sus méto– dos, sus operaciones de servicio. La Biblioteca no es ya, desde luego, un simple repositorio de unidades bibliográficas. No es tampoco solamente un órgano des– tinado a estimular y canalizar el deseo de saber de niños, estudiantes, hombres de negocios, obreros, artesanos, ingenieros, amas de casa, profesionales, campesinos, enfermos, líderes sindicales y políticos. No agota su misión la idea de que la Bi– blioteca complementa el esfuerzo de instituciones educativas. La Biblioteca es hoy todo ello y algo más. A saber, es la más universal de todas las institucio– nes sociales que pueden existir en un país. No es concebible actividad alguna, ni individual ni de grupo, que pueda prescindir de una Biblioteca de determinada naturaleza. Ella es indispensable para la familia, para el sindicato y la empresa privada, para la sociedad industrial y de comercio, para la formulación y ejecu– ción de los planes del Estado. Los hechos que vienen ocurriendo en el país con realidad cada vez más penetrante, han de interpretarse como una expresión de estas concepciones. La Biblioteca que el Perú actual necesita no es solamente un lugar de estudio y de meditación, de órgano de promoción del saber humano en todos sus campos, es también una herramienta de la acción personal y colec– tiva. En lo que respecta concretamente a la educación, se han puesto en marcha
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