Boletín de la Biblioteca Nacional N° 28

PROBLEMAS DE LA EDUCACION BIBLIOTECARIA Por CARLOS CUETO FERNANDINI La Escuela Nacional de Bibliotecarios fue establecida por Decreto Supremo de 23 de junio de 1943 gracias a la energía de un grupo de personas alertas a ne– cesidades culturales que por entonces comenzaban a ser inaplazables en el Perú. La iniciativa de la creación correspondió a Jorge Basadre, quien era Director de la Biblioteca Nacional, cargo que en aquel momento conllevaba la tarea extra– ordinaria de reconstituir la Institución en todos sus aspectos. No se trataba sola– mente de erigir un nuevo edificio sobre el cenizoso lar de la catástrofe, de preservar los residuos salvados del fuego, de promover en el Perú y en el extranjero el es– fuerzo para constituir el nuevo patrimonio de la Biblioteca. Faltaba algo más. Era preciso organizar técnicamente la Institución y dotarla de un alma anima– dora que la insertara en las corrientes de la historia actual del país. Ello no podía hacerse de otro modo que preparando personal de alto nivel profesional, apto para organizar los servicios bibliotecarios y para administrarlos racionalmente. La creación de la Escuela Nacional de Bibliotecarios respondió a tales propósi– tos. Ella era un momento esencial en la reconstitución de la Biblioteca. Sea pues nuestra primera palabra un homenaje a Jorge Basadre y a los pioneros que con él colaboraron hace veinte años, homenaje acrecido por una gratitud cuya intensidad ha sido cada vez más profunda a lo largo de este lapso. El propósito de hacer de la Biblioteca Nacional una institución social y de integrarla con la historia contemporánea del Perú, constituyó la significación de– cisiva de la creación de la Escuela de Bibliotecarios. La antigua Biblioteca había prestado servicios importantes. Historiadores, eruditos y ensayistas habían poten– ciado sus recursos para ensanchar nuestro conocimiento del Perú. Pero, al igual que todas las demás instituciones educativas del país, ella estuvo reservada en su tiempo a grupos minoritarios, animados por sus propios y con frecuencia altruistas intereses. También acudían a ella profesores y estudiantes deseosos de saber. No era, sin embargo, no podía ser una institución social la Biblioteca de la calle de Estudios, precisamente porque el esfuerzo destinado a hacer uso de sus riquezas se iniciaba fuera de ella misma, en los grupos de gentes que la frecuen– taban. Cada una de esas personas estaba obligada a conocer individualmente el patrimonio bibliográfico de la Institución y a servirse de el en la medida en que podía haber usado de su biblioteca privada. Más que una Biblioteca Nacional, era una colección de bibliotecas particulares, dispersas en la unidad física de sus se– ñoriales anaqueles. Con la creación de la Escuela de Bibliotecarios, nuestra Casa inicia su destino como institución pública. Para que una institución sea realmen– te social, se requieren varias condiciones. Una organización racional interna me-

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