Boletín de la Biblioteca Nacional N° 27
54 común en los sacrificios, corno símbolo de estatus personal e insignia de forzosa ciudadanía, corno obsequio o pacto amistoso, dote matrimonial y ofrenda mortuo– ria. Dice J. Murra: "Ningún acontecimiento político o militar, social o religioso era completo sin que géneros fuesen ofrecidos o conferidos, quemados, permutados o sacrificados". Para asegurar la existencia de abundantes materias primas tex– tiles, el estado inca creó una política textil rnuy organizada. (13) El uso del oro estaba dedicado exclusivamente al uso del Inca y, natural– mente, de los dioses. En cuanto a la habitación existía también una rnuy mar– cada diferencia; los templos, palacios y viviendas de los nobles eran fabricados de piedra labrada y pulida, con la perfección que caracteriza la arquitectura inca, no así las viviendas del pueblo que eran construídas generalmente de adobe o pie– dras sin labrar. Pero la diferencia fundamental estriba en la propiedad privada y en la poligamia; en tanto que las panacas reales eran dueñas de sus tierras hereditariarnente y los nobles podían tener, además de la mujer legítima, otras mujeres, el hombre del pueblo sólo recibían la tierra temporalmente y era mo– nógamo. La jerarquía religiosa era totalmente distinta de la civil, si bien los dos po– deres, político y religioso, se concentraban en la persona del Inca, existía a ma– nera de un ministro de la iglesia el Huillca Umo, o supremo sacerdote, ministro, jefe político y casi siempre jefe militar, era generalmente tío o hermano del Inca. Numerosos sacerdotes formaban la jerarquía de la iglesia, en el más bajo escalón estaba el Cusipata, el lego. Pero lo que rnás sorprendió fué la existencia de una casa o convento de escogidas, las Vírgenes del Sol, jóvenes seleccionadas por su belleza de todas las provincias; dentro de esta institución existían varias cate– gorías con distintas funciones. Estas vírgenes recibían instrucción especial, algu– nas eran consagradas al sol, es decir se convertían en esposas de este astro, al cual le ofrecían sacrificios y no veían jamás a hombre alguno, ni siquiera al Inca; eran servidas por doncellas de alto rango y se pasaban la vida ocupadas en la liturgia e hilando vestidos para el soberano. Las que no eran consagradas al sol eran tornadas por el inca corno concubinas o entregadas por él en matri– monio a los altos dignatarios de acuerdo a sus clases y dignidades. Según Baudin habían dos categorías de escogidas, las del noviciado, con un objeto a la vez re– ligioso y profano y el Convento del Cuzco, puramente religioso, a las que hay que distinguir de las acllas (escogidas), mujeres sujetas a voto de castidad, que vivían en sus casas y eran rnuy respetadas. Las faltas cometidas y quebrantamiento de votos, eran severamente castigados; según Garcilaso, a la rnás leve falta las cul– pables eran quemadas vivas, las mujeres del sol que perdían su honor eran lapi– dadas, el cómplice ahorcado y destruída la ciudad donde vivía. En este sentido debemos agregar que los establecimientos religiosos del Perú, por el carácter implícito de su organización, pertenecen a estructuras reli– giosas que sólo se dan en épocas posteriores y en sociedades con un grado mu– cho rnás alto de complejidad que el que caracteriza a las llamadas comunidades ágrafas. El sostenimiento de las órdenes sacerdotales se distraía del fondo ge– neral y era acrecentado por la apropiación de una serie de recursos, no sólo bajo la forma del trabajo de quienes cultivaban las tierras del sol y los sacerdotes, sino también por las ofrendas de toda la población. El sistema administrativo, estuvo basado en un régimen cuya ulterior fina– lidad era la producción económica, de manera que cada individuo, dentro de la sociedad, es considerado una unidad económica de consumo y producción, para (13) Murra, 1960.
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