Boletín de la Biblioteca Nacional N° 27

53 tuada en cuyo inmediato borde inferior situamos al camachico. Una de las cosas interesantes a la que se refiere Válcárcel en su libro Etnohistoria del Perú Anti– guo (Lima, 1959. p.113), es la conjugación entre un sistema monárquico y otro francamente democrático dentro de la estructura general socio-política de los incas; a la altura de la Pachaca (grupo de cien familias), cuya reunión o asam– blea es el camachico, termina el sistema democrático, por encima está la zona de los que tienen mayor poder, próxima al poder supremo representado por el Inca. Aunque el sistema de estratificación social no está directamente relaciona– do con el sistema político actúa sobre él. El Emperador y jefe supremo era el Inca, cuyo poder reposaba más que en la fuerza material de sus ejércitos en la fuerza moral de la religión. El Inca era el padre espiritual de sus súbditos, de allí que su posición política y social veíase reforzada por la concentración de ambos poderes. El inca aparecía al pueblo inaccesible y magnifico, nadie osaba mirarle de frente ni podía acercár– sele sin tener los pies descalzos y sin llevar sobre los hombros un fardo en señal de sumisión. Su autoridad era omnímoda; sin embargo, durante los últimos años del Imperio parece que su poder se vió limitado en cuanto a la excesiva autono– mía que se dió a las panacas reales, o sea a las castas de los Incas, formadas por los descendientes de los soberanos pasados. Eran estos los "Orejones", de sangre real, llamados por los españoles por la deformación de las orejas que les ocasio– naba el uso de enormes pendientes de oro que singularizaban su distinción. El Inca Pachacutec al organizar el Imperio formó una élite destinada al gobierno, la que inicialmente estuvo constituida por los Incas de nacimiento, los Incas de privilegio y los Curacas, es decir los jefes locales o tribales. De tal ma– nera, pues, que la "nobleza" incaica estaba integrada por gentes de procedencia distinta. En primer lugar estaba la Familia Imperial, compuesta por el Sobe– rano, sus hijos legítimos, hermanos y los descendientes lineales del linaje im– perial; luego venía la "nobleza" Cuzqueña, compuesta por los allegados a la Fa– milia Imperial y las panacas reales; un tercer grupo comprendía la "nobleza" por asociación que sólo abarcaba a los grupos que vivían dentro de sectores bien mar– cados: los valles del Cuzco, del Urubamba y del Apurimac; en cuarto lugar es– taba el grupo formado por la "Nobleza Territorial", constituida por los Curacas y sus familiares es decir los jefes sometidos, a quienes se les reconocía su categoría superior de nobles. Venían después los que Garcilaso llama Incas de privilegio, que por excepcionales servicios al Imperio, en la guerra o en la paz, se les pre– miaba incorporándoseles a la "nobleza". Los altos cargos administrativos sólo podían ser detentados por miembros de la élite cuya superioridad estaba respaldada por las condiciones de una evi– dente superioridad cultural puesto que la instrucción era privilegio exclusivo de este estrato, educado para administrar y gobernar. En la vasta y compleja admi– nistración existían innumerables cargos de alto rango y responsabilidad, veedo– res y controladores que se encontraban ubicados en lugares estratégicos del Im– perio, ayudados por otros de menor jerarquía, se ocupaban de los asuntos rela– cionados con los tributos, el movimiento económico, movimiento general de la población, etc. Las condiciones de superioridad de la élite se hacían ostensibles tanto en la indumentaria como en la ornamentación y otros distintivos. Los nobles ves– tían del tejido llamado cumpi, muy fino y delicado, labrado por especialistas, los cumpicamayocs, eran tejidos de lana de vicuña o alpaca de selectos vellones. La función del tejido entre los incas supera la sola satisfacción de la vestimenta; los tejidos se integran en muchos e inesperados contextos sociales. El tejido tenía diversas funciones : como ingreso básico en el presupuesto estatal, como ofrenda

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