Boletín de la Biblioteca Nacional N° 27

47 lización andina tres horizontes (temprano, medio y tardío), refiriéndose a las fa– ses de unificación y tres períodos de diferenciación regional, uno inicial y dos in– termedios. Finalmente, el cuadro propuesto por Luis G. Lumbreras y sanciona– do en la reunión arqueológica del área sur (Arica, Set. 1,961), permite enfocar el proceso cultural peruano prehispánico dentro de límites claramente fijados y distinguir las áreas y cronologías de las diferentes manifestaciones y complejos que integran tan amplio panorama, poniendo de manifiesto el marcado contraste que existe entre las dos grandes subárea que él llama Septentrional y Meri– dional. Muy resumidamente trataremos de explicar el proceso del desarrollo cultu– ral en el territorio peruano, a partir del llamado Horizonte Formativo, inmedia– tamente superior al ya descrito período precerámico, señalando de I a V sus diferentes etapas. !.-Hacia el año mil a. de C. el territorio andino presenta un elevado índi– ce de población -se puede calcular en 1 habitante por kilómetro cuadrado– Y la cerámica de casi la totalidad del área es afectada por una modalidad más o menos común, un conjunto de razgos que se identifican bajo un patrón común que parece corresponder a la expansión de una corriente cultural que compro– mete toda la región andina y que está relacionada, probablemente, con el área Mesoamericana. Junto con la propagación del maíz se advierte, además, la pre– sencia de edificaciones monumentales, monolitos esculpidos, reductos fortificados, templos piramidales, tejido evolucionado, diversas muestras de un complicado cul– to religioso y el conocimiento de algunos metales. Esta etapa es conocida como Horizonte Formativo se le ha llamado también Temprano y Chavinoide, por ser Chavín el grupo más típico de estas manifestaciones. Julio C. Tello identificó el hallazgo de estas formas con una "cultura" o imperio Chavín; pero el término mismo de "cultura" resulta muy relativo y sólo aceptable si se le toma en el sen– tido de propagación de un estilo. Corresponden a este horizonte las manifesta– ciones encontradas en los siguientes lugares: Cupisnique, en la Costa Norte; Chavín, en la Sierra Norte; Supe, en la Costa Central; Paracas, Cavernas, Callan– go y Cerrillos en la Costa Sur; Chanapata, Qaluyu, en la Sierra Sur, este último lugar en el Altiplano. Todos ellos con cerámica definida y diferencias locales bien marcadas. El sistema de agricultura permanente, estimulado por la incorporación del maíz, opera cambios de gran importancia en la vida de los pueblos andinos; la organización colectiva se eleva a otro nivel, las mismas exigencias de la econo– mía conducen a formas gubernamentales más complejas, en las que el sacerdote jugo un papel importante, acaso el principal. La magia que predomina entre los agricultores incipientes es desplazada por la región y se dedican al culto edi– ficios especiales que, al mismo tiempo, son los adoratorios los primeros centros de observación de las estaciones y otros fenómenos relacionados con la agricultura. Durante el período de la agricultura incipiente se atribuía a la divinidad la prospe– ridad de las cosechas, pues era ésta quien enviaba la lluvia vivificadora; el sa– cerdote -intermediario entre la divinidad y el puebla- afirmaba que estaba por– que la colectividad había seguido incondicionalmente sus órdenes. Con el desa– rrollo de la producción el sacerdote consigue arrancar, invocando siempre la divi– nidad, una mayor cantidad de trabajo gratuito; las fuerzas que incrementan la producción -inventiva, trabajo, etc.- son desfiguradas y hechas devenir no del esfuerzo humano sino, como una gracia del poder sobrenatural, es decir el mé– rito de la producción es transferido a la divinidad la que, naturalmente, exige su retribución. Con la evolución de los pueblos, la magia que predomina entre los agricultores incipientes es desplazada por la religión, se dedican al culto

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