Boletín de la Biblioteca Nacional N° 27
44 mica que forman estas plantas en el suelo peruano. Entre las numerosas plan– tas domesticadas por nuestros remotos antepasados, ocupa lugar preferente la papa, acchu, o patata, por sus diversas características y gran adaptación al clima, su cultivo es posible tanto al nivel del mar como en las alturas de más de cua– tro mil metros, lugares donde ni el maíz, ni otros vegetales se pueden adaptar. En las culturas del Norte de este continente, si bien conocieron la papa y la cul– tivaron, fué debido a la influencia de los pobladores de los Andes Peruanos, cuyas voces y denominaciones atestiguan este hecho. La papa resultó, evidentemente, el legado de más valor que los antiguos peruanos han hecho a la agricultura mundial. El origen del maíz es problema que desde hace tiempo ha venido preocupan– do a muchos investigadores y no faltan concienzudos trabajos que profundizan cada vez más en el conocimiento de tan difícil cuestión. Entre los últimos y más señalados aportes científicos debemos citar los de Sauer, Collin y, principalmente, los de Mangelsdorf y Reeves. El precursor silvestre del maíz indio, según Mangelsdorf crecía en algún si– tio de la América del Sur cercano al Perú, y su cultivo debe haber tenido origen en cualquier región con un fuerte contraste entre la estación seca y la de lluvias. En las regiones favorables al maíz, la estación húmeda tiene lugar en el verano y hay que plantar el grano cuando las lluvias empiezan en la primavera. El maíz actual es producto de la domesticación emprendida en una serie de lugares de la planta original, que señala Mangelsdorf, de pocos pies de altura y con ma– zorcas del tamaño de una fresa. El mismo autor en otras oportunidades se ha referido al hallazgo de un pólen fósil de maíz hallado en México, cuya antigüe– dad se calcula en 40,000 años (?), afirmando que México es el país donde se do– mesticó primero esta gramínea. Así, el cultivo más antiguo del maíz en Amé– rica ha sido fechado mediante el radiocarbono en 5,600 años y esta fecha corres– ponde también a México, por un paralelismo cultural el Perú y Bolivia hayan sido otras zonas, de las más antiguas en América, donde se llegó a domesticar el maíz. Aunque no se excluye la posibilidad de que esta planta haya tenido diversos cen– tros de domesticación. D. Bonavía señala como el hallazgo más antiguo de maíz en el Perú, Huarmey, en el Precerámico Tardío; aproximadamente tres mil años A. C. Estas plantas crecían en forma silvestre en algunos valles de los Andes y en regiones propicias a su desarrollo. En el clima más lluvioso que existía a fines del Mesolítico y principios del Neolítico, cuando surge la agricultura, era fácil hallar el maíz en los valles menos fríos de los Andes y en lasi regiones montañosas de las estribaciones de la vertiente amazónica, y la papa en toda la longitud de la Cordillera : La oca, olluco, mashua, etc., en regiones análogas y los valles más cálidos la jíquima, calabaza, camotes, y muchísimas otras especies. La agricultura debió reducirse, en un principio, a la simple acumulación de la semilla, durante los meses secos, sembrándola cuando las primeras lluvias pro– ducían en el suelo la humedad suficiente para la germinación. La observación, paulatinamente, debe haber hecho que el hombre se diera cuenta de que obtenía mayor rendimiento en aquellas regiones donde las plantas estaban protegidas de ciertos fenómenos naturales como el viento, los súbitos cambios de temperatura y la incidencia directa de los rayos solares durante las primeras horas del día. Al llegar la estación de escasez, como suele ocurrir, los individuos que vivían ex– clusivamente de la agricultura debían padecer hambre e inacción, así surgió la idea de almacenar alimento en previsión a temporadas malas. En la costa es ya un hecho que se acumulaban reservas de alimentos en los tiempos precerámicos, esto lo ha observado Engel en Río Seco.
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