Boletín de la Biblioteca Nacional Nº 22
4 mis familiares. Fue allí como un hermano y como un hijo. Estos datos los consigno porque Parra pese a su vida aventurera, inquieta, vertiginosa (corno el mismo decía), jamás se olvidó de mis padres y conservó por ellos un verdadero amor filial, que no puedo menos que recordar con verdadera emoción humana. Prolongábamos en largas charlas los almuerzos y las cenas. Mi padre, gran lector, iba quedando cie" go, y le agradaban las lecturas que hacía Parra, que era un verdadero mago del lagos leyendo o recitando. Nunca lo he visto hacer mejor. Era un prodigio de voz y de expresión)". C. S. E. III Si no supiera lo grande que eres, lo bueno, lo remenrolaniano que eres, usaría de abundantes explicaciones. Pero no. Contigo no hay que explicarse. Hay quc hablar; hay quc acercarse en nombre del Hada de la Amistad a recuperar dc nuevo tu corazón único, esa "herida de música" que te abrió la pasión de la vida. Canal no fue a Montevideo porque le ocurrieron curiosos y lamentables con- tratiempos: q1fermedad grave del padre, que vino con él, en la vista y un asunto en Santiago, que quiso revolcar su corazón de un modo miserable. Ahora se ha vuelto allá violentísimo, y ha publicado csa carta abierta que te mando. Yo tengo casi listo ya mi otro libro "Islas" sobre los nuevos grandes poetas americanos. Son unos estudios curiosos; especies de grandcs sinfonías humanas de cosas, hombres, aspectos, instantes. Vas a ver. Yo creo que he acertado. y bien. Te hablaré de mi vida como quieres. Vivo en la calle cuyo número tienes. Me pagan artículos en "La Montaña" y en "La Razón". Con eso y un pues- to que tengo en el padrón electoral, me sostengo. No frecuento cenáculos literarios. Sólo me veo con los muchachos de "Nosotros", a quienes casi siempre vov a insultar por hipócritas y lobos. Ahí, yo te lo prometo, he metido tu nombre. Los he COIlVCU1- ciclo de tu fuerza verbal, de la pujanza inagotable de tu pensamiento, y de ese mo- do que tienes de asimilar la belleza haciéndola una cosa instintiva, y que es lo que le da a tus versos esa eólera de vida y ese movimiento pasional. Yo te he hecho conocer en Buenos Aires. Eso es todo, Carlos. Estudio mucho; me ahondo; y choeo mi frente con la de una mujer que me acompaña. Luego, he aprendido a empaparme de la serenidad ardiente de las cosas. Creo que voy hacia una especie de panteísmo fuerte, empe- dernido y substancia1. Los retratos que me mandaste corrieron una suerte vibrante. Canal se los llevó. Pero me envió después dos ampliaeione;;. Yo veo en los dos, dos intensos momen- tos psicológicos de tu vida: el de la maquinita tiene tu cara vaga, apretada, de idiota divino, de los poemas longitudinarios; el de la camisa abierta y la cabeza salvaje, tiene esa cosa de potro bárbaro, de animal espléndido, desbocado y feliz que tenías a veces por las calles y en la playa. Aunque no conocí nunca a esa TuJa milagrosa que le ampara y te guarda; do- madora dulce de tu cabeza de león; hombro amoroso de tn camino violento; siento por ella una ancha y tranquila simpatía de hermano. La quiero porque te hace feliz. La pongo junto a lo más habitado de mi cabeza, porque es la que te consuela el dolor brutal de vivir la vida seca, árida, sin agua, sin sol, de tu Monteyideo, hostil can los poetas. Es el tipo de mujer que a nosotros nos hace bien. Sin histerismo; no nos interrumpe; no nos produce esa enervación pesada que dan las otras. Nos hacen ganar en seguridad y fuerza. Yo me acuerdo siempre de tu mamá con un corazón de hijo ausente. Abrazúla can un abrazo sacudido, desordenado y vibrante. También a tu buen viejo, a quien siempre recuerdo con la noble serenidad de su cara de patriarca. Tu hermano del alma, Juan.
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