Boletín de la Biblioteca Nacional N° 19-20
17 menzó a ser publicada en París en 1951 y cuyo cuarto y último volumen apa– reció en 1955 con la ayuda del Centro Nacional de Investigaciones Científicas y de la Unesco y bajo los auspicios de la Unión Internacional de las Ciencias Antropológicas y Etnológicas sumando un total de más de dos mil ochocientas apretadas páginas. En la sección preliminar del volumen primero de su bibliografía tuvo Rivet el cuidado de señalar todas y cada una de las bibliotecas públicas o particulares de los dos continentes donde había hallado las obras allí registra– das; llegando inclusive a mendonar la mía propia que él revisara en 1939 en– tes de que quedara deshecha por haber sido entregada silenciosamente en sus ejemplares más valiosos entre 1943 y 1947 a esta Biblioteca Nacional No dejó. por cierto, de incluir la mejor de las bibliotecas particulares, la suya propia. de modo tal que las publicaciones que hoy se exhiben en esta sala tienen, de antemano, hecho posible aclarando así cualquier sospecha o duda su catálogo en forma minuciosa y erudita que las ubica cronológica y técnicamente. Supera esta colección~ en 10 que atañe al quechua y aymará, a las que reunieron, durante el siglo XIX sobre todos los idiomas aborígenes americanos en general, Daniel G. Brinton, José Toribio Medina y Bartolomé Mitre. Los tres juntaron y estudiaron documentos sobre las diferentes lenguas de nuestro continente en una época en que tales investigaciones. preocupaba sólo a muy pocos estudiosos. El material que halló y usó Brintón fue expuesto en su no– table libro The American Race aparecido en 1891 y se guarda hoy en la Uni– versidad de Pensilvania) José Toribio Medina, el inc1ita fundador de la Mo– derna denda bibliográfica americana cuya longevidad lograda en 1.852 a 1931 fue análoga a la que ha alcanzado más tarde el propio Rivet, dejó su magnífica colección a la Biblioteca Nacional de Chile que la conserva como verdadero tesoro en una secci6n dirigida nada menos que por Guillermo Feliú Cruz, ofre~ ciendo a los investigadores una riqueza documental extraordinaria sobre la his– toria de América Latina y, muy especialmente sobre la lingüística americana. El otro centro privilegiado de estos estudios está en Buenos Aires, en el Museo Mitre que se jacta con justificadísimo orgullo de conservar los fondos biblio– gráficos acumulados por el ilustre estadista militar y escritor Bartolomé Mitre que como Justo más tarde, fuera Presidente de la Argentina. Ni la relación de Brinton ya mencionada, ni el catálogo de Medina pu– blicado en 1926 y en 1953, ni el inventario de las piezas acumuladas por el Ge– neral Mitre editado en Buenos Aires en 1912 al que hay que agregar el notable Catálogo razonado de la sección lenguas arnericanas f obra capital del mismo autor que apareció en tres volúmenes también en Buenos Aires entre 1909 y 1911, superan, en 10 que atañe al quechua y el aymara, a la biblioteca Rivet que, luás bien las aventaja desde el punto de vista cronológico y especializado. De los idiomas en eUa comprendidos, como es bien sabido, uno, el ay– mará es hablado por más de medio millón de habitantes del Perú y Bolivia; y el otro, el quechua, por varios millones en ambos países, y en repúblicas vecinas. El aymará, que Markhanm dijo debe llamarse colla, tiene. por su antigüedad y persistencia un valor histórico y cultural propío. Tarnbién 10 posee, por análogas razones, el quechua, cuya influencia, propagada primero por el imperio inca, fue lnás tarde, difundida más vastamente por los misio– neros que lo usaron como lengua de evangelización; y se extiende a una zona inlportante en el norte de Chile, al área andina de la Argentina, a diversas re– giones de la Amazonía, al Ecuador y al suroeste de Colombia, presentando va~ riarttes dialectales en Cuzco. Ayacucho, Tarma, Huánuco, Quito, el Azuay y otras regiones e influyendo sobre el castellano a través de palabras múltiples, La producción bibliográfica en ambos idiomas se inicia, como es bien
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