ciencias naturales e historia, se crearon nuevas universidades y, desde ámbitos privados o públicos, se lanzaron publicaciones locales que intentaban replicar las publicaciones científicas y humanísticas europeas. Pero, como veremos en varios de los ensayos de este volumen, el impulso hacia la educación popular no fue de la mano de un intento de construir en América Latina proyectos de educación e investigación superior y universitaria que promovieran la acumulación de fondos bibliográficos. A lo largo del siglo XX, y de forma paralela al surgimiento de regímenes nacionalistas, populistas y revolucionarios, las bibliotecas nacionales pudieron convertirse, en algunos países de la región, en instrumentos valiosos para la investigación y la promoción de contenidos y valores nacionalistas, si bien casi siempre continuaron priorizando el servicio a las élites intelectuales por encima de su supuesta tarea de contribuir a la formación de una ciudadanía instruida y, por tanto, de una sociedad democrática. Las bibliotecas privadas —tanto aquellas que pertenecían a individuos como a instituciones— continuaron cumpliendo un rol importante en la acumulación libresca. El coleccionismo de libros se consolidó como una práctica de carácter intelectual —hacía falta reunir materiales que permitieran a sus dueños el acceso al conocimiento que las bibliotecas públicas no ofrecían—, pero también como un símbolo de estatus. El prestigio y reputación que los miembros de la ciudad letrada derivaban de la posesión de importantes colecciones impulsó muchas veces a privilegiar esta forma de acumulación libresca. El concepto de «capital simbólico» en sus varias formas, incluyendo «prestigio, carisma y encanto», resulta particularmente relevante aquí (Fernández Fernández, 2013, p. 38). Como han subrayado varios estudiosos, las bibliotecas contribuían, junto a otros indicadores como el patrimonio material y económico, la educación, el lenguaje y los lazos matrimoniales y de amistad, a reforzar el estatus de sus propietarios y a dar forma y sentido a las estructuras y relaciones sociales (Barbier, 2015; Knox, 2014)2. Además, algunas bibliotecas privadas se convirtieron en centros de sociabilidad intelectual que a veces contrastaban con la inactividad y silencio de las bibliotecas públicas. Durante la «era del progreso», las bibliotecas privadas atravesaron un periodo de expansión temática y geográfica que las diferenciaba de las bibliotecas privadas coloniales: incorporaron una mayor diversidad disciplinaria —más allá de la teología, el derecho y la historia— y aspiraron a ser mucho más comprehensivas, abriéndose a las grandes 9
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