Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

corrientes del pensamiento universal. Importantes colecciones privadas terminarían luego integradas a bibliotecas nacionales o universitarias3, pero algunas fueron objeto de saqueo o compra por parte de instituciones extranjeras interesadas en aquello que Ricardo Salvatore ha llamado «la empresa del conocimiento» (Salvatore, 1998; Meneses Tello, 1993; Osorio Romero & Berenzon Gorn, 1995). En el caso de las bibliotecas científicas, mientras que en las universidades de investigación de Europa y Estados Unidos los gabinetes de ciencia tenían cada uno su propia biblioteca asociada —en materias como matemáticas, física, química, mineralogía y astronomía—, en América Latina fueron los museos de historia natural los que presionaron por la adquisición de bibliotecas científicas, como fue el caso de Brasil y México. En otros países también se formaron sociedades científicas que acumularon libros, folletos y revistas científicas para sus miembros; ese fue el caso de la Sociedad Científica Argentina. El préstamo de libros a domicilio, una de las características centrales de las bibliotecas tal como funcionaban en los países de Europa y en Estados Unidos, no parece haber sido una práctica muy extendida en la región, aunque sí hubo esfuerzos por expandir la lectura y el acceso a los libros. Hacia la segunda mitad del siglo XIX, varios países de América Latina llevaron adelante reformas educativas con el objeto de avanzar la alfabetización de sus poblaciones. En los países que siguieron con empeño este sendero fue necesario acompañar estos proyectos educativos con bibliotecas escolares, municipales, barriales y «populares»4. Uno de los pioneros en impulsar la difusión de bibliotecas populares como apoyo a la enseñanza elemental fue Domingo F. Sarmiento en Argentina en la década de 1870 (Planas, 2008). En este proceso de elevación intelectual y cultural de las clases populares también participaron los gremios obreros y las sociedades de ayuda mutua, pues formaron pequeñas bibliotecas —algunas de acceso gratuito, otras aranceladas— que se dieron en llamar «bibliotecas obreras» y, en ocasiones, «bibliotecas populares» (Tripaldi, 1996; Tarcus, 2013). Ellas representaban un desafío a la ciudad letrada entendida como baluarte de las élites políticas y sociales: bibliotecas obreras anarquistas y socialistas, por ejemplo, sirvieron para cohesionar cultural e ideológicamente al naciente movimiento obrero. La trayectoria de las bibliotecas latinoamericanas contrasta, en algunos aspectos centrales, con la de las sociedades más desarrolladas de Europa y Estados Unidos. En el caso de las bibliotecas nacionales, ellas surgieron en esos países como auxiliares de una rama del gobierno para luego 10

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