El caso costarricense fue más tardío y diferente: en 1888 el Estado clausuró la Universidad de Santo Tomás, fundada en 1843, y dispuso que su colección bibliográfica, compuesta por casi 3500 volúmenes, se convirtiera en la base de la Biblioteca Nacional (González, 1989; Obregón, 1974, pp. 178-183; Zeledón, 1969, pp. 29-52; Brenes Rosales & Cortés Enríquez, 1988, pp. 29-38). La primera sede de la nueva institución fue poco impresionante y solemne: el segundo piso de una casa ubicada frente al mercado. En 1889 se trasladó a otra vivienda, adquirida en la suma de 70 000 colones, cuyo acondicionamiento —en la primera década del siglo XX— costó 98 435 colones. Un artículo en el periódico Correo de España, en 1909, aseguraba que «el edificio es una elegante construcción de aspecto severo y adecuado al fin á que se destina. Su fachada principal, con el busto de Minerva y relieves simbólicos de las ciencias y artes, dibujos del maestro [español, Tomás] Povedano, demuestran claramente al exterior ser un lugar reservado al estudio de aquellas» (Anónimo, 1909). Figura 1. Biblioteca Nacional de Costa Rica, 1909. Fuente: Fernando Zamora, Álbum de vistas de Costa Rica. San José: sin editor, foto 38. En el cuadro 2 se presenta la procedencia de los libros según su lugar de impresión en las bibliotecas nacionales de El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, los tres casos para los cuales se dispone de información para la misma década. La mayoría de los materiales provenía de Europa: en su conjunto, el 89,5% de los títulos y el 90,9% de los volúmenes. Las principales fuentes del establecimiento salvadoreño fueron Francia (1111 títulos), Italia (656 títulos) y España (280 títulos). La falta de datos para los otros dos países impide efectuar un cálculo parecido, pero es probable que la mayoría de las obras tuviera un pie de imprenta español o francés, 88
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