india de Pacaca [población de origen indígena cerca de San José] solo se puede hacer otra india de Pacaca (Quesada Soto, 1986, p. 98). La falta de identificación con lo propio, que se constata en lo manifestado por Fernández Guardia, se extendía también a la cultura popular, siempre lista a desafiar el esfuerzo civilizador del Estado liberal. Los intelectuales vinculados con tal proyecto trataron incluso de corregir el lenguaje diario de los hijos de campesinos, artesanos y obreros. El abogado y profesor costarricense Alberto Brenes Córdoba, al prologar sus Ejercicios gramaticales, un texto escolar impreso por la tipografía estatal, advertía con verdadero orgullo: «Hemos tratado con algún detenimiento la corrección de los provincialismos que a nuestro juicio contribuyen a viciar en nuestro país la lengua castellana [...]. Nosotros los americanos, alejados del centro donde se habla con más pureza nuestro idioma, debemos poner particular empeño en su cultivo, para que no se degenere y se convierta en una jerigonza informe y falta de unidad» (1888, pp. iii-iv). La preocupación de Brenes Córdoba fue compartida por otros intelectuales costarricenses que, a finales del siglo XIX, discutieron acaloradamente sobre la conveniencia de emplear el lenguaje popular en sus obras (Quesada Soto, 1986, pp. 97-129; Rojas González y otros, 1994, pp. 71-74; Rojas González, 1995, pp. 32-38). El afán «europeizador» de los liberales, que estaba en la base de esta inquietud, fue común en el resto de Centroamérica y se manifestó, además, en que las tipografías del Estado se concentraron en la publicación de textos de carácter legal y administrativo y de obras «útiles». El quehacer literario, de escaso interés para la cultura oficial, obligó a los autores de poesía y ficción a agenciarse los más variados tipos de financiamiento para editar sus libros en imprentas privadas. El poeta Rubén Darío, al evaluar en 1908 el caso nicaragüense, señalaba que, pese a la «abundancia de materia prima [...] el ambiente es hostil, las condiciones de existencia no son propicias, y la mejor planta mental que comienza en un triunfo de brotes se seca al poco tiempo. La impresión de libros [...] casi es nula. La producción de literatos y de poetas ha tenido que desaparecer entre las colecciones de diarios y de una que otra revista de precaria vida [...]. Nada queda de los pasados cultores de las letras» (Darío, 1987, pp. 147-148). La falta de aprecio por el escritor nacional se asoció con la queja por el crecimiento de las ocupaciones parasitarias: abogados y empleados públicos. El escritor costarricense Carlos Gagini, ya en 1894, culpaba a la educación secundaria de fomentar esas profesiones y de restar fuerzas «a 83
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