Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

actualizadas, exhibían el peso de la bibliografía europea, ya se tratara de obras clásicas o de las últimas novedades literarias, en su idioma original o vertidas al español (Molina Jiménez, 2004, pp. 23-60, 95-131, 163-191; Amaya Banegas, 2009; Tenorio Góchez, 2006; Ayerdis, 2005, pp. 163403). Los libreros contribuyeron a diversificar las audiencias de lectores al elaborar un discurso apropiado para interpelarlas en términos de edad, ocupación, género y clase. El catalán Antonio Font, en el editorial del primer número de La Nueva Literatura, periódico de la Librería Moderna en San José, advertía, a mediados de la década de 1890, que su local, podemos decirlo con orgullo, tiene en sus estanterías obras que satisfagan desde el pequeño niño que por primera vez acude á la escuela, hasta el distinguido jurisconsulto, recto teólogo ó eminente literato. Este nuevo establecimiento cuenta con admirable variedad de obras de Ciencias, Artes, Medicina, Derecho, Religión, Literatura, Educación, Novelas, Críticas, etc. etc., todo selecto, abundante y además barato. Hemos procurado que el libro esté al alcance de cualquier bolsillo, los vendemos instructivos, amenos y elegantes, desde el ínfimo precio de 5 cts. Hasta $5,00 cada uno (Font, 1895). La práctica y el discurso de los libreros, que tendían a priorizar la oferta de obras importadas sobre las editadas en Centroamérica, jugaron a largo plazo en contra de la valoración de la producción intelectual y literaria propia —con excepción de aquellas figuras que lograban proyectarse más allá del istmo, como el poeta nicaragüense Rubén Darío—. El médico costarricense Vicente Lachner se quejaba tan tardíamente como 1927 de que «es sumamente curioso lo que con nuestros libros acontece: a poco de publicados (y desgraciadamente sin haber sido aún leídos), ellos desaparecen como hundidos en profundo sumidero y nadie puede decirnos donde pueden conseguirse; en imprentas y librerías sería inútil buscarlos» (Lachner, 1927, p. XV). La queja de Lachner no carecía de base, dado el desinterés de los libreros por los textos producidos localmente, una tendencia visible en los inventarios de la época. La Librería Española, fundada por el catalán Vicente Lines en el San José de fines del siglo XIX, constituía uno de los principales establecimientos de su tipo en Costa Rica. El catálogo que publicó en 1908 estaba compuesto por 5569 volúmenes, de los cuales solo 86 (1,5%) correspondían a escritores del istmo —aunque tal porcentaje puede estar ligeramente subvalorado, ya que la fuente consultada no permite identificar debidamente todos los libros publicados en 81

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