Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

en un universo social y político en el cual la dinámica electoral abrió una vía estratégica para canalizar institucionalmente las demandas de productores agrícolas, trabajadores y capas medias (Molina Jiménez, 1991, 2001, pp. 67-98). El nacionalismo de los liberales, en el caso costarricense, superó los umbrales urbanos y se extendió ampliamente entre la población rural, un proceso facilitado por la concentración demográfica en el Valle Central, que se extiende de Turrialba en el este a San Ramón en el oeste y comprende unos 3200 kilómetros cuadrados, equivalente a un 6,4% del territorio. Según el censo de 1892, esta área era el asiento de cerca de un 80% de los habitantes (República de Costa Rica, 1893, p. x; Hernández, 1985, p. 176). La exitosa difusión de esa identidad nacional se vinculó estratégicamente con la expansión de la educación, que se acentuó a partir de la década de 1880. El 8% de la población de Costa Rica asistía a la escuela en 1894, una proporción similar a la de Uruguay (8,2%), superior a la de Chile (5,1%) e inferior a la de Argentina (9,6%); en contraste, en el resto de Centroamérica las cifras —en años próximos al indicado— eran más bajas: Guatemala (4%), El Salvador y Nicaragua (3%) y Honduras (5,3%) (Newland, 1991, p. 359; Burns, 1985, p. 65). La invención de la nación se caracterizó en los cinco países por su vinculación con la ideología del progreso —en su sentido capitalista y positivista—, cuyo símbolo tecnológico básico era el ferrocarril y, en el caso específico de Nicaragua, con la expectativa de construir un canal interoceánico. La experiencia a imitar para las burguesías agroexportadoras del istmo era la europea y, especialmente, la francesa. La fuerza de tal identificación fue estimulada por la llegada de inmigrantes europeos y su inserción en las familias principales de Centroamérica. La diversificación en los patrones de consumo, visible desde 1850, asoció la distinción y el confort con lo importado, ya se tratara de textiles, adornos, libros, muebles, alimentos o medicinas (Molina Jiménez & Palmer, 2004; Orlove, 1997). El afán por emular a Europa se constata en la cultura impresa del ocaso del siglo XIX. La producción intelectual propia se veía con indiferencia o desdén, una actitud fomentada por las preferencias de los lectores: entre los sectores populares todavía persistían textos típicos del periodo colonial, como novenas, catecismos, breviarios y cartillas, pero se abrían paso con éxito los almanaques y las novelas de aventuras y del corazón. Las bibliotecas de burgueses e intelectuales, más amplias, diversas y 80

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