Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

El contexto descrito varió después de la independencia: a partir de 1821, con el aumento en la circulación de extranjeros, el crecimiento urbano y los avances —social y étnicamente limitados— de la alfabetización, se ampliaron y diversificaron las audiencias de lectores. La oferta de libros, otrora servida por los comerciantes, empezó a especializarse: en la Guatemala de 1840, Andrés Horjales publicaba ya un catálogo de lo que tenía a la venta en su librería; y en los otros países se abrieron establecimientos similares en Granada (1840), en Tegucigalpa (alrededor de 1850) y en San José (1856). Los textos devotos (novenas, breviarios y catecismos) cedieron espacio en esos locales a las obras científicas, a los tratados filosóficos y económicos y a las novelas, entre otros, de Walter Scott y Eugenio Sue (Bolaños, 1976, p. 276; Molina Jiménez, 1995, pp. 103-104; Valenzuela, 1961-1962; Valle, 1981, p. 23). El periodo posterior a 1821 fue escenario de otro cambio fundamental: la difusión de la actividad tipográfica. En efecto, durante la época colonial, únicamente Guatemala dispuso de una tecnología de ese tipo, que se trajo de México en 1660, empezó a operar bajo la dirección de José de Pineda Ibarra y se consagró al tiraje de textos escolásticos y devotos (Oss, 1984, pp. 77-107). La experiencia de los países vecinos fue en extremo tardía: la imprenta se introdujo en El Salvador en 1824, en Honduras en 1828, en Nicaragua en 1829 y un año después en Costa Rica (Meléndez, 1990, pp. 41-84; García, 1988, p. 51). Estos nuevos talleres fueron la base para la publicación creciente de libros, folletos, periódicos, volantes y otros impresos. La producción de libros y folletos creció sostenidamente durante el siglo XIX, en especial después de 1880: entre ese año y 1899 se imprimieron en El Salvador 577 títulos, en Honduras 437, en Nicaragua 388 y en Costa Rica 472. El 62,7% de este corpus se publicó en las tipografías estatales, un 52,4% tenía una extensión inferior a las cincuenta páginas y el peso de los textos oficiales era bastante significativo: un 44,7% (un máximo del 58,4% para el caso hondureño). El examen del lugar de edición evidencia el predominio aplastante de las capitales: en su conjunto, esa proporción ascendió en los cuatro países a un 90% (un mínimo del 70% en suelo nicaragüense) (García Villas, 1952; Dobles Segreda, 1927-1936, 1968; Latin American Bibliographic Foundation & Ministerio de Cultura de Nicaragua, 1986; García, 1971, I, pp. 26-45, 126-147; Valenzuela, 19611962). 78

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