haber comandado la institución, además, contribuyó a darle visibilidad y a obtener cierto reconocimiento de sus contemporáneos. Varias fueron las voces que se encargaron de remarcar las ventajas que tuvo al ocupar su cargo. Así, por ejemplo, Alberto Gerchunoff comentó: El destino le fue favorable. Mientras las personas mejor dotadas de su tiempo leían apresuradamente en sus bufetes de abogados, en sus oficinas inseguras, y aprendían confusamente y producían sin coherencia y sin tranquilidad, al azar de su existencia agitada y dispersa, Groussac tuvo la fortuna de encontrar el medio de ser lo que siempre fue. Este imperturbable «habitante de la ciudad silenciosa de libros» ha encontrado en Buenos Aires un suburbio de París (Gerchunoff, 1929, p. 63). De hecho, contó con el privilegio de estar encuadrado en una institución que posibilitó su dedicación casi exclusiva a las labores intelectuales. El ámbito fue por demás favorable para emprender investigaciones y escritos de índole diversa. Con estas atribuciones se consolidó como un referente intelectual frente a sus pares. Encarnó la figura del prescriptor y llegó a ocupar, como señala la fórmula propuesta por Ricardo Piglia, «el papel de árbitro, de juez y verdadero dictador cultural» (Piglia, 1995, p. 114). El mismo Groussac, además, hizo gala de su dedicación prácticamente exclusiva a las letras, en sus más dispares expresiones, y de los recursos a los que podía tener acceso. En este sentido, la dirección de las revistas La Biblioteca y Anales de la Biblioteca consolidó y reforzó su ubicación como difusor de ciertas novedades. Estas publicaciones, aunque contaron con subvención estatal por estar nominalmente ligadas a una institución pública, no pueden ser consideradas como órganos oficiales supeditados a los objetivos y a los tiempos del repositorio. Fueron destacados medios de difusión de saberes y de un mensaje de corte modernizador que su director asumió de manera misional. Por su parte, aunque reconstruir el universo de lecturas de Groussac — como el de cualquier otro intelectual o actor histórico— no es una tarea sencilla, a los límites metodológicos presentes en otros casos se suma el hecho de que su biblioteca estuvo confundida con la biblioteca que dirigía31. Esto le permitió tener a su alcance las novedades que arribaban al repositorio, motivo por el que aseguraba «no haber dejado pasar hasta ahora una innovación artística desde Wagner hasta Ruskin y Moréas, una tentativa científica, desde el evolucionismo hasta la novísima telepatía, sin informarme con ellas de simpatía, procurando entenderlas sin pretensión hostil» (Groussac, 1896b, p. 476). Groussac se servía de referencias 68
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