del Estado, participar o no de sus empresas y de su vida institucional parece no haber sido un interrogante para él. Ahora bien, inmiscuirse o no en la vida política argentina sí fue una constante pregunta. Las resistencias aparecieron, en su caso, de manera persistente. De este modo, la actitud de Groussac como intelectual fue la de rechazar la identificación inmediata y complementaria entre la élite política y la cultural. Se encontró sumergido en un mundo cultural que consideró caótico y supuso que, desde la Biblioteca Nacional, contaba con los medios para establecer ciertos parámetros que, de ser seguidos, mejorarían la situación. CONSIDERACIONES FINALES El periodo de la historia argentina abierto hacia 1880 ha sido revisado desde variadas perspectivas historiográficas. Todas coinciden en caracterizarlo como un momento de profundas transformaciones en el que nuevos actores irrumpieron en escena y se instalaron en los despachos políticos y en los ámbitos intelectuales para propulsar acciones renovadoras que dejaron sentir sus efectos en todas las esferas; mientras tanto, la Argentina se insertaba en el escenario mundial con un rol definido. Puertas adentro, el país se organizaba en torno a los ideales de progreso, paz y orden, principios que cristalizaban en medidas y proyectos para una sociedad que era generalmente percibida como caótica y amorfa (Terán, 2000). Desde varios campos disciplinares, se ha estudiado el periodo con perspectivas analíticas y objetivos diversos. En un esfuerzo de organización de la bibliografía disponible, se puede sostener que, por lo menos, cuatro ejes interpretativos han dominado la producción académica sobre la élite cultural y la vida intelectual de la Argentina de entre-siglos, a saber: i) las interpretaciones sobre la «generación del ochenta», que presentan un elenco homogéneo de personalidades desde una perspectiva de conjunto y privilegian similitudes y puntos en común, en desmedro de particularidades y aspectos individuales; ii) los análisis que sostienen que el espacio de la cultura no puede distinguirse claramente de los ritmos y escenarios políticos y que los intelectuales de la época eran cómplices de un Estado decidido a avanzar sobre todas las esferas —un hecho evidenciado en el uso de rótulos como «intelectual-político», «hombre del régimen», «gentleman-escritor» o «literato oficial»—; iii) explicaciones 66
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