Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

Groussac criticó varias veces la escasa especialización del espacio cultural argentino. A su vez, consideró la superposición de este con la esfera política un rasgo pernicioso. Aunque sus argumentaciones mantuvieron un tono ambiguo y sus juicios sobre la realidad política argentina son fragmentarios, su mirada era generalmente negativa. Si bien compartió espacios de sociabilidad con políticos —entre los que destacan Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña— y entabló con ellos fuertes lazos de amistad, cuando se refería a estos hombres tomaba distancia. Además, sus intervenciones en el ámbito político fueron intermitentes y siempre se limitaron a una acción mediada por la pluma30. Complementariamente, debe señalarse que, aunque no ocupó cargos políticos —a diferencia de numerosos intelectuales de su generación—, mantuvo su puesto público de director de la Biblioteca Nacional por un lapso de 44 años (1885-1929). Groussac describió el ámbito de la política como un espacio contaminado del que prefería no formar parte, gesto que se inscribía en una actitud general de mantener celosamente su posición de intelectual nopolítico. Mostró una acentuada resistencia ante la práctica extendida entre los hombres públicos de Hispanoamérica de sumergirse en dos universos —el político y el cultural— que él prefería disociados. Señaló al respecto, despectivamente: «En estas repúblicas, es imposible que cualquiera superioridad intelectual no remate en la política, como en la encrucijada central a la que conducen todas las avenidas. No vivirían aquí impunemente Pasteur o Darwin, sin habérselas con algún ministerio o presidencia de cámara: como el poeta Mármol que era estadista como un zorzal» (Groussac, 1896a, p. 173). Al recorrer los legados de la cultura nacional, encontraba una extensa pampa cultural, incivilizada, poblada por gauchos de la inteligencia y literatos ocasionales (Bruno, 2005, pp. 129-167; 2008). Carente de especialismo, lejos de los modelos deseables de civilización francesa y marcada por la herencia de los vicios coloniales, se trataba de una cultura signada por la improvisación: «el principio de la división del trabajo, sobre todo la intelectual, considerado como síntoma del progreso, está desconocido todavía en América del sur y aun en España. Se nos habla aquí y allá de ingenieros que son también médicos y dramaturgos» (Groussac, 1924, p. 283). Desde su perspectiva, la esfera política y la cultural no debían superponerse, ni siquiera ser contiguas. Cubrir puestos estatales —que crecían al calor de la consolidación estatal— y denostar la política no fueron acciones incompatibles para Groussac. Depender o no 65

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