ritualidad para obtener un «bautismo científico o literario», al decir de José Ingenieros (citado en Canter, 1930, p. 264), hombres de cultura más consolidados se encargaron de sugerir a otros que evitaran caer en las manos del director de la Biblioteca Nacional. Así, por ejemplo, Miguel Cané alertó cariñosamente en una carta a su hijo sobre los riesgos de publicar en La Biblioteca: «el francés no es tierno»29. Groussac puede caracterizarse como «maestro sin discípulos», ya que, ciertamente, no depositó demasiada confianza en los jóvenes. Abundan las anécdotas en este sentido. Resulta ilustrativo un relato de Ramón Cárcano, quien contó que, una vez, hacia 1895, le entregó a Groussac el primer volumen impreso de una de sus obras históricas y algunos borradores del resto de los tomos de próxima aparición, con el objetivo de que los revisara antes de su circulación. Un mes después, concurrió a una reunión en el despacho del director de la Biblioteca Nacional. Allí, este le criticó su uso del método histórico y le señaló que su estilo era fatigoso. Para demostrarle lo último, resumió en catorce carillas dos largos capítulos de la obra. Ante la frustración, el joven reunió todo el material inédito y lo arrojó al fuego (Cárcano, 1943). Victoria Ocampo, por su parte, evocó que tuvo la intención de armar una guía de la Divina Comedia y someter a la crítica groussaquiana algunas de sus páginas: Conociendo la fama de severidad incorruptible de que gozaba Groussac, decidí hacerle una visita a la Biblioteca Nacional. Le llevé las páginas sobre el episodio de Francesca y Paolo que están en mi pequeña «guía» de la Divina Comedia, y temblando interiormente le pedí que me diera un diagnóstico, sin miramientos. Así lo hizo. Conservo su carta. Podría resumirla de la siguiente manera: no debe escribirse sobre la Divina Comedia si uno no trae un dato o una interpretación nuevos. Aparentemente no es su caso [...] ¿Por qué, además, no elige otro género de tema menos dantesco, por no decir pedantesco, si es que siente verdadera necesidad de escribir? (Ocampo, 1951, pp. 7-8). Contando la misma situación en otra ocasión y definiendo su intención de contar su aprobación como una imprudencia, la escritora confesó que la carta de Groussac «cayó de punta entre la lapicera y mi mano derecha, impidiéndome, por unos días, seguir mi trabajo» (Ocampo, 1959, p. 11). Esta característica particular de su forma de posicionarse frente a los otros se agudizó con los representantes de las nuevas generaciones. Eduardo González Lanuza señaló en este sentido: «Paul Groussac tenía para los más jóvenes un prestigio merecido y mitológico [...] aunque sus opiniones 63
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