[...]. En lo que se refiere al señor Groussac, la objeción fundamental que podemos hacerle es, que mientras se pueda nombrar un ciudadano argentino para dirigir un establecimiento eminentemente nacional, como la Biblioteca, es más que un deber del Gobierno, una obligación, preferirlo, aún en igualdad de condiciones, á un extranjero (Weller, 1885, s.p.). Un tono similar se aprecia en una nota publicada en El Nacional el 19 de enero de 1885: Falta ahora tan solo que el Gobierno Nacional dicte su decreto diciendo que se nombra bibliotecario de la República a «Monsieur Paul Groussac», para que este pueda hacer saber al mundo entero que en este país de bárbaros solo él es competente para entender de libros, y que los argentinos sirven á lo más para empleaditos subalternos de su repartición. Esto, si es que el señor «Paul» no manda a buscar a Toulouse a los «Pierre» y los «Jean» que crea necesarios para secundarlo (reproducido en Tesler, 2006, pp. 18-21). Dos años después, en 1887, la designación del bibliotecario se ponía aun en cuestión. Domingo F. Sarmiento le dirigió ese año una carta de carácter público a Groussac llamándolo «nuestro bibliotecario inmérito, aunque sea nuestro literato francés» (citado en Groussac, 1920, p. 43). Pese a las resistencias, el director se instaló en su despacho. Durante su gestión tomó medidas que tendieron a ordenar y modernizar la institución: lanzó el sistema de catalogación formal de los volúmenes, los materiales de hemeroteca y los documentos inéditos; se encargó personalmente de confeccionar un fichero habilitado para la consulta del público; gestionó la recopilación de fuentes en archivos europeos; y envió un copista al Archivo General de Indias de Sevilla, con el fin de relevar algunas fuentes que consideraba importantes para la historia del país (Acevedo, 1995; Molina, 1955). También bajo su gestión, en diciembre de 1901, la biblioteca se mudó a la calle México —a un edificio construido originalmente para la Lotería Nacional— y, en las dependencias de esta sede, se instaló una pequeña imprenta tipográfica. A instancias de Groussac, por otra parte, se dictó la ley de Depósito Legal de ejemplares (Trenti Rocamora, 1997). No es mi intención evaluar positiva o negativamente el papel cumplido por Groussac desde una perspectiva técnica o bibliotecológica, ni tratar de narrar «lo que realmente sucedió» mientras encabezaba el repositorio15. Focalizo la atención, en cambio, en el análisis de algunos hitos que convirtieron a Groussac en una figura de alta visibilidad desde su puesto 56
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