lo colocaron en un lugar de visibilidad en el escenario cultural porteño: en 1882 participó en el Congreso Pedagógico Internacional, realizado en Buenos Aires, con una intervención que generó ecos; el mismo año se publicó su Ensayo histórico sobre Tucumán; en 1883 viajó a Europa y envió crónicas de repercusión a El Diario; y en 1884 se instaló con su familia en la capital federalizada —desde comienzos de la década de 1870 había vivido en Tucumán—. Una vez allí, en tanto inspector general de colegios nacionales, realizó varios viajes a las provincias argentinas; estuvo al frente del periódico Sud-América; y publicó una novela de fuerte sesgo autobiográfico, Fruto vedado. Con estos eslabones en su trayectoria, devino una voz reconocida en temas literarios y educativos y se convirtió, además, en paladín del laicismo, defensor de Eduardo Wilde, el entonces ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública (Groussac, 1998). Esta presencia ampliada en la escena porteña encontró su coronación en 1885. Llegaba para Groussac un nombramiento que daría un giro definitivo a su vida y a la de la institución nacional que dirigió desde entonces14. DIRECTOR FRANCÉS La biblioteca central pasó a ser jurisdicción de la nación en 1884, junto con el Museo Público y el Archivo General; a comienzos de 1885, Eduardo Wilde nombró a Groussac director de la ahora llamada Biblioteca Nacional. En los tiempos de su vejez, este recordó su designación como el paso a «una tarea menos remunerada pero infinitamente más calma» (Groussac, s.f.). La designación, sin embargo, generó resistencias y sorpresas. Se asumía que el sucesor de José Antonio Wilde, quien había muerto poco después de su nombramiento como director de la biblioteca, podía ser Estanislao Zeballos o Alberto Navarro Viola, por lo que, ante la designación de Groussac, algunas voces mostraron su descontento. De hecho, hubo una campaña en contra de la designación desde las páginas de El Nacional y El Diario. Encabezando la lista de los disconformes se encontraban Calixto Oyuela y Manuel Láinez. Uno de los argumentos principales de los detractores del flamante director fue la injusticia que, para ellos, significaba que un extranjero ocupara una posición clave en una institución nacional. En enero de 1885, Láinez criticó la elección de Groussac: Realmente si el nombramiento del Sr. Groussac nos ha salvado providencialmente de la calamidad encarnada en el Dr. Zeballos, bienvenido sea 55
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