Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

Palma se mantuvo como director de la Biblioteca Nacional durante veintinueve años, una condición inusual en un país como el Perú, en el que quienes ostentan cargos públicos suelen durar poco en ellos. ¿Cómo explicar tan dilatada permanencia? De un lado, el desinterés del Estado hacia la Biblioteca Nacional mantuvo siempre a esta institución en una situación de precariedad económica, lo que la hacía poco atractiva para potenciales candidatos a dirigirla. Los hombres de Estado nunca comprendieron —y siguen sin comprender— la importancia que tenía una institución de tal naturaleza en la promoción de la cultura entre los ciudadanos, así como en la preservación y el estudio del patrimonio documental y bibliográfico. En el organigrama del Estado, la biblioteca era una institución marginal, y su director difícilmente podía sustraerse a esa condición, aun cuando gozara de enorme prestigio intelectual. De otro lado, desde 1883, Palma se cuidó de reservar para sí el control y administración de la biblioteca. El decreto de nombramiento de director dado por el general Iglesias le confirió autoridad sobre el personal, y era competencia suya proponerlos al Estado; tal disposición fue renovada por los sucesivos gobiernos. Nadie podía ser empleado en la biblioteca sin el visto bueno de su director. Palma y su familia, como lo hicieron sus antecesores en el cargo, habitaban en un departamento en el local de la biblioteca, de modo que no resulta extraño que sintiera a la misma no solo como un refugio, sino también como una extensión de su dominio doméstico y patrimonial. El escritor debía ver como suyos los fondos de la Biblioteca Nacional, como una prolongación de su colección personal. Esto explica que se permitiera hacer anotaciones en libros y manuscritos, y que incluso hiciera un uso intensivo y privado de algunos de ellos, prácticas que fueron mordazmente cuestionadas por Manuel González Prada, su sucesor en el cargo de director y su rival literario y político (González Prada, 1912). EL FINAL DEL REFUGIO Aunque manifestó su mal estado de salud en repetidas oportunidades — por ejemplo, en su correspondencia a inicios del siglo XX—, Palma no parecía dispuesto a dejar la dirección de la biblioteca; sin embargo, su gestión tuvo un final inesperado y repentino. El 12 de febrero de 1912, Palma fue notificado mediante un oficio de la Dirección de Instrucción Pública que el gobierno de Augusto B. Leguía había nombrado 49

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