Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

conservador de la Biblioteca Nacional a Percy Gibson, en reemplazo de Clemente Palma, hijo del escritor. El reglamento de la biblioteca, como se ha visto anteriormente, elaborado por el director, señalaba como una de sus atribuciones la nominación de empleados. Ante la designación de Gibson, Ricardo Palma no ocultó su malestar en tono cáustico: «Yo cuidé siempre de proponer jóvenes apropiados; buscaba hombres con aptitudes para el empleo, y no destino para hombres sin destino» (1912, p. 13). Los hechos que condujeron a esa situación, de acuerdo con el testimonio del escritor, habrían tenido un trasfondo de venganza política. Clemente Palma, en su condición de director de la revista Variedades, publicó algunas críticas al gobierno del presidente Leguía, algo que comprensiblemente no gustó dado que era empleado de la administración pública. «Para el señor Leguía —escribió el director de la biblioteca— el empleado no es un ciudadano libre sino un siervo, sin conciencia y sin derecho para dar a luz sus ideas, salvo cuando estas sean inspiradas por servilismo ruin» (1912, p. 14). Al nombrar a Gibson, el gobierno sin duda había infringido el reglamento de la Biblioteca Nacional y soslayado la autoridad de su director. Ricardo Palma presentó su renuncia al cargo, pero el gobierno no la aceptó. Acto seguido, el escritor retiró su renuncia y propuso a Alberto Ureta para el cargo de conservador. El gobierno, interesado en mantener su apoyo a Gibson, abolió el artículo del reglamento que concedía al director la prerrogativa de proponer a sus empleados. Luego de algunas negociaciones, el 4 de mayo Palma dirigió un oficio al director de Instrucción Pública, en el que manifestó que el gobierno, al insistir en declarar que estaba «ampliamente satisfecho» de sus servicios y, al mismo tiempo, recortar sus atribuciones, «incurría en una burla a sus canas», por lo que renunciaba al cargo (1912, p. 21). Dos días después, su dimisión fue aceptada. A MODO DE CONCLUSIÓN En el contexto posterior a la guerra de 1879-1883, destaca la figura de Ricardo Palma. Político, ensayista, periodista, dramaturgo, poeta e historiador aficionado, el escritor limeño tuvo, como pocos, una enorme gravitación en la vida cultural de la capital y del país. Cuando en 1883 el gobierno del general Miguel Iglesias le encargó la reconstrucción de la Biblioteca Nacional, tuvo en consideración su prestigio intelectual, pero también su nombradía en la república de las letras en lengua española. 50

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