Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

nombramiento en un puesto de confianza había provenido de un gobierno provisorio, surgido en circunstancias políticas muy difíciles. Por ello, no extraña que en mayo de 1884, en una carta a Antonio Dionisio Reyna, embajador peruano en Quito, expresara su incertidumbre en torno a su permanencia en la dirección y la posibilidad de no lograr la inauguración de la biblioteca en julio de aquel año, como se lo había prometido al general Iglesias: Para mí se ha hecho cuestión de honra y de orgullo dar al país Biblioteca con la mitad siquiera de los volúmenes que antes tuvo. Ese será el timbre que deje a mis retoños. Ya faltan solo dos meses para ver realizada esta antigua aspiración mía. Después de julio no me hará mella que cualquier gobernante me destituya y nombre en mi lugar al Murciélago, a don Felipe Paz Soldán o al clerizonte La Rosa. Me quitarán el empleo; pero no la gloria de haber formado Biblioteca (Palma, 2005, I, p. 265). Los temores de Palma eran infundados. En el medio académico peruano era sin duda el candidato idóneo para el cargo de director, dada su antigua vinculación con la biblioteca: había trabajado como amanuense en la misma durante la dirección de González Vigil y desempeñado el cargo de subdirector en la administración de Odriozola, y en tal condición había redactado la nota de protesta suscrita por este último a propósito del saqueo de la institución por la soldadesca chilena (Pérez Garay, 2015, p. 63). Más aún, si bien Manuel Atanasio Fuentes —conocido como El Murciélago—, Mariano Felipe Paz Soldán y Manuel González de la Rosa eran reconocidos hombres de letras en el medio local, con una amplia producción intelectual, ninguno detentaba la proyección internacional de Palma, quien gozaba de una bien asentada fama entre los académicos de habla española. A pesar de los cambios políticos, Palma continuó como director de la biblioteca. En enero de 1885, le manifestó a Riva Palacio cuán complacido se hallaba de su labor de bibliotecario y de estar al margen de la política: «En nuestras repúblicas, los hombres que se ocupan de la patria y que luchan contra los patrioteros, tienen que verse como los primitivos apóstoles: crucificados, encarcelados y apedreados. Afortunadamente para mí, hace años que me he curado de la fiebre política» (2005, I, p. 271). Asimismo, le confesó a Riva Palacio que desde 1872, cuando fue parlamentario, no había vuelto a mezclarse «en bolinas» y que vivía dedicado a su hogar. Esto no era muestra de egoísmo, sino de desaliento y convicción de cuán estéril era la lucha política. «Rodeado hoy de 45

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