Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

documentos manuscritos muy importantes. El mal no se remediaría con dinero» (2005, II, p. 240). Un asunto no menos espinoso era extender el horario de funcionamiento de la biblioteca a los domingos. Con su característica sorna, Palma le manifestó a Durand que en dicha propuesta había «positiva injusticia», porque «Dios con ser Dios, trabajó seis días et quie vit, como dice la Biblia, y descansó. El bibliotecario y sus subalternos serían, entre todos los empleados públicos del Perú, los únicos a quienes no fuese lícito santificar el domingo» (2005, II, p. 242). Y, una vez más, recurrió al argumento de la naturaleza de las lecturas para fundamentar su reclamo: «si la sala de lectura de la Biblioteca siempre está concurrida, ¿qué pensará Usted cuando sepa que de cada diez lectores, ocho, por lo menos, leen novelitas frívolas y versos insustanciales? ¿Y para esos futuros literatos de cajetillas de cigarros se nos ha de imponer recargo de labor?» (2005, II, p. 240). Todo indica que el proyecto de Durand no se aplicó, porque no pasaron muchos años para que el gobierno insistiera en la necesidad de ampliar el horario de atención. A inicios de agosto de 1906, se ordenó atender en el horario de ocho a diez de la noche. Una vez más, Palma estimaba inconveniente la disposición gubernativa a partir de consideraciones bastante prejuiciosas: «Siempre fue arraigada convicción en mí la de que una Biblioteca Nacional es, ante todo, biblioteca de consulta para los hombres seriamente estudiosos, y no un centro de distracción para lectores frívolos». Y, en su Memoria de 1911, añadió: «No hay verdadero intelectual que, en las dos o tres horas posteriores a la de la comida, consagre la actividad de su cerebro a lectura grave» (1911, p. 6). Reconocía que hubo que vencer su resistencia para lograr el horario nocturno a pesar del peligro de incendio; pero anotó también que las fallas del servicio eléctrico lo habían llevado a suspender el servicio, «desapareciendo así el peligro de un desastre nacional ocasionado por el fuego». Felizmente, sostuvo, la creación de una biblioteca popular nocturna, bajo la vigilancia de la municipalidad, puso término «a una situación inconveniente para el prestigio y misión del establecimiento que dirijo» (1911, p. 6). UN REFUGIO PARA UN ESCRITOR Con el paso de los años, la biblioteca se convirtió para Palma en un espacio, un refugio, gracias al cual se sustraía de la política. Su 44

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx