mayor empeño en lograr del gobierno la aprobación de un nuevo reglamento para la Biblioteca y el Archivo Histórico, instituciones ambas que estaban bajo su autoridad. En el nuevo reglamento, aprobado por el gobierno el 4 de junio de 1892, los menores de quince años no podían ser admitidos en la sala de lectura, pero se mantuvo el servicio de atención de la Biblioteca en las mañanas y tardes (Durand, 1972, p. 180). Palma replicó que debía funcionar tan solo en las tardes, para lo cual retomó sus viejos argumentos: Si en las sociedades de Europa donde es crecido el número, no de lectores que, como entre nosotros, concurren a distraerse o pasar el tiempo con lecturas frívolas, sino de lectores que consultan las obras en provecho de la ciencia y de las letras, solo se abren las Bibliotecas durante cuatro o cinco horas ¿a qué necesidad social responde el que la Biblioteca de Lima, cuyo personal de empleados es reducidísimo, se singularice funcionando por más de cinco horas? (Durand, 1972, p. 184). Pocos días después, ante la insistencia de Palma, el gobierno modificó el reglamento de la biblioteca y el archivo en el sentido de que la primera solo debía atender al público desde el mediodía hasta las cinco de la tarde. El escritor había ganado la partida, al menos temporalmente, y con ello se vio afianzado como la indiscutible autoridad en la Biblioteca Nacional. En 1896, a iniciativa de Augusto Durand, diputado en el Congreso, se aprobó un proyecto de ley acerca de la extensión del servicio de la biblioteca durante la noche y, además, en los días festivos. Palma se opuso tajantemente, aduciendo una serie de motivos. En primer lugar, le recordó a Durand en una carta que «No hay Biblioteca Nacional, se entiende en Europa, que esté en la noche abierta al público» (Palma, 2005, II, p. 240). Desde 1894, escribió, la biblioteca solo funcionaba durante el día. Y añadió, distinguiendo las bibliotecas populares de las nacionales, que las primeras eran «las que están a disposición del público en las noches y los días festivos; a fe que costaría muy poco establecer una en Lima». En segundo lugar, advirtió del peligro de un incendio en caso de extender el horario en la noche, por el recalentamiento de las instalaciones eléctricas. Más aún, hizo notar que en una de las salas de la Biblioteca de Lima las estanterías eran de madera y yeso, y no de metal, como en otros lugares, lo cual propagaría fácilmente el fuego. Y sentenció: «El incendio de una biblioteca popular representa la pérdida de una corta suma de dinero y de libros de fácil adquisición; pero en una Biblioteca Nacional significaría un verdadero desastre y la destrucción de libros raros y valiosos y de 43
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