Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

fuera «centro de holganza y pasatiempo», sino «un verdadero templo alzado al saber humano, y en el que los hombres estudiosos encuentren acopiados elementos de provechosa consulta a la vez de conveniente ilustración para la inteligencia» (Durand, 1972, p. 172). No deja de llamar la atención el hecho de que el modelo de biblioteca propuesto por Palma fuera muy similar al ideado por el criollo limeño José Eusebio de Llano Zapata a mediados del siglo XVIII. Este último aspiraba a que Lima poseyera una biblioteca pública reservada para los hombres de letras, la cual podía organizarse a partir de la cesión o donación de algunas de las más importantes colecciones bibliográficas en manos privadas y la compra de impresos valiosos existentes en el mercado limeño13. Seguramente Llano Zapata habría suscrito la idea de Palma de que la Biblioteca Nacional no debía tener el carácter de instituciones similares dedicadas al «recreo» o de «clubes o librerías de lectura a domicilio, cuyo caudal es de novelas y versos» (Durand, 1972, p. 172). La lectura de estas últimas obras no la consideraba provechosa para los estudiantes de literatura, porque no era devorando libros «insustanciales y corruptores del gusto estético a la par que del sentido moral» que se lograba sobresalir en el mundo de las letras, afirmó Palma. Y sentenció: «¡Ojalá tuviera nuestra patria menos aspirantes a literatos y más aficionados a las ciencias, a las artes, a la agricultura y a la industria! Hombres de acción y de trabajo, gente seria, en fin, que no poetas y novelistas reclama el Perú» (Durand, 1972, p. 172). Parecería una contradicción que siendo Palma un literato emitiera una apreciación tan negativa acerca de las obras de ficción. Lo que él pretendía era que la lectura de recreación estuviese reservada al ámbito doméstico y personal y no se ejerciera en las instituciones dependientes del Estado. En un contexto de franca recuperación económica, como lo fueron los años finales del siglo XIX, Palma aparece identificado con las ideas de progreso entonces imperantes. El progreso material y moral —parece decirnos el escritor— van de la mano, son indesligables. En tal sentido, resulta natural que, sustentado en su «deber patriótico», volviese a pedir al gobierno que le autorizara restringir, hasta donde estimare conveniente, la libre lectura de novelas y poesías en la Biblioteca Nacional. Dado que resultaba difícil, si no imposible, evitar que los jóvenes tuvieran acceso a obras literarias en la Biblioteca Nacional, y no era apropiado que el propio Palma se erigiera en una suerte de censor/celador de los textos que eran servidos a los noveles lectores, el escritor puso su 42

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