Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

con los diez o doce verdaderos lectores de Biblioteca, que no piden libros insustanciales o de distracción», anotó. Más aún, el escritor era partidario de controlar los géneros literarios que leían los jóvenes: «Muchos padres de familia se me han acercado para pedirme que no permita a sus hijos leer libros inconvenientes; pero el reglamento actual no me faculta para vigilar sobre la moralidad de hijos ajenos». Se mostró dispuesto a reformar el reglamento de la biblioteca, a pesar de que «no corresponde a sus fines», y le dolía que ella fuese el punto de reunión de todos los escolares que no querían ir al colegio y de gente desocupada que no tenía otro lugar donde ir a pasar el tiempo. «Pocos, muy pocos, son los que concurren por amor al estudio y a la ciencia, y con el sano deseo de ilustrarse», escribió. Palma consideraba que la propuesta de que la Biblioteca Nacional funcionara más de cuatro o cinco horas no era reflejo de que la sociedad peruana fuera adelantada y estudiosa. En su opinión, el Perú era un «país, relativamente sin lectores»; en consecuencia, sería «ridículo lujo el de ocho horas de Biblioteca» (Durand, 1972, pp. 115-116). Empeñado en su campaña de controlar la consulta de ciertos libros a los jóvenes escolares, Palma envió un oficio en setiembre de 1888 al Director de Instrucción Pública. En él hizo notar al gobierno cuán perjudicial podía ser el hecho de permitir a los estudiantes de colegio la lectura de «novelas y otras obras» que, en su opinión, eran «inconvenientes». Y añadió que «una Biblioteca Nacional no puede ni debe ser lugar de holgazanes y pasatiempo para niños que, en vez de concurrir al colegio, vician su corazón y su inteligencia devorando libros para cuya lectura no están preparados». Solicitó al gobierno instrucciones sobre cómo proceder (Durand, 1972, pp. 121-122). Tres años después, en setiembre de 1891, al elevar al director del Ministerio de Instrucción Pública la estadística de obras leídas el mes anterior, sostuvo que constituía un «desconsolador resumen», ya que de los 1130 volúmenes consultados, 814 correspondían a novelas y poesías. Entonces escribió: «Ha casi dos años que, por patriotismo, he cesado de dar mensualmente publicidad en la prensa a la estadística bibliotecaria, estadística que nos exhibiría ante el mundo como un pueblo de holgazanes y pervertidos, que no otra cosa significaría la revelación de que apenas la cuarta parte de los lectores no lo son sino de libros de frívolo solaz» (Durand, 1972, p. 171). El propósito de todos los gobiernos en Europa y América —prosiguió Palma— había sido y sería siempre el que toda Biblioteca Nacional no 41

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