Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

razones. Aparte de aludir a la falta de personal y recursos, sostuvo que ampliar la atención al público significaría fomentar la lectura de literatura no apropiada. Informó que había suspendido la publicación de la estadística mensual de los libros que se leían «por honor del país», ya que de ella resultaba que «de cada diez lectores, ocho no pedían sino novelitas y versos». En consecuencia, no era deseable que el pueblo peruano fuera considerado como compuesto de «gente frívola» (Durand, 1972, pp. 114115). Figura 2. Ricardo Palma en la dirección de la Biblioteca Nacional del Perú, 1905. Foto de Manuel Moral (Archivo de la Biblioteca Nacional del Perú). Ante la propuesta del ministro de que un solo empleado era suficiente para atender a los lectores, replicó: «Verdad es que Su Señoría nunca ha visitado la Biblioteca, ni conoce el mecanismo de ella como oficina». Señaló que no debía confundirse una biblioteca popular o municipal con una Biblioteca Nacional, pues la misión de ambas era distinta. A la segunda le correspondían «por excelencia los libros de consulta más que los de puro entretenimiento». Y precisó: «La Biblioteca Nacional es más para gente seria que para la turba. No es lugar de distracción o de matatiempo, sino de estudio y trabajo». Le expresó al ministro que «A los verdaderos lectores de Biblioteca, que son muy pocos, les doy todo género de facilidades, y para ellos la Biblioteca está expedita a toda hora y hasta los días festivos. A estos señores puedo atenderlos yo solo, y me complazco de ello» (Durand, 1972, p. 115). Por añadidura, Palma refutó la propuesta de que la biblioteca debía estar abierta más horas. La prueba estaba, según él, en que, durante el periodo de sesiones del Congreso, casi todos los que concurrían al salón de lectura emigraban al edificio parlamentario. «El salón de lectura queda entonces 40

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